Feliz San Valentín.

Hoy he tenido un día de lo más ocupado. Señor, que veinticuatro horas no dan para nada, leñe, a ver cuándo inventan el día de cuarenta y ocho. O, al menos, que hagan de San Valentín una fiesta que dure una semana.


Nada más levantarme me he encontrado con un mensaje de Hugh en el contestador. "Nos vemos esta tarde, preciosa, ponte la minifalda que tanto me gusta". Sí, hombre, con el frío que hace hoy, me he dicho, y he borrado el mensaje. Él, insistente, ha llamado tres veces más, pero después de mandarle a la porra en la primera llamada he dejado de contestar. Él ha terminado dándose por vencido y se ha ido de putas. Igualito que el año pasado.

Después de desayunar he sacado la agenda y he empezado a organizar mi día.



A las diez, café con pastas con Robert. Por suerte, aún no le ha dado por el té por muy inglés que se haya vuelto últimamente.



A las doce, paseo romántico por el parque de Arriaga (antes de que se lo carguen para hacer la maldita estación de autobuses) con Colin.



A las dos, comida con Ewan, que salía ya mismo con la moto a vaya usted a saber dónde.



A las cinco, una cervecita con el bueno de Ben, a quien he tenido que hacer un hueco de última hora.



Y dentro de media hora, cena a la luz de las velas con mi Alan, quién si no, que ha tenido la santa paciencia de aguantar a mis otras citas y ha sido tan amable de mandar a la mierda a Hugh de mi parte.

Feliz San Valentín a todos, y a ver si el año que viene me organizo mejor.

Carnavales

Ayer celebramos los carnavales en la ikastola. Como hacía un tiempo de perros, hicimos el desfile en el gimnasio, para disgusto de padres y hermanos mayores que no podían entrar por limitación de aforo -aunque luego se colaron, que son peores que los niños-. Tuvimos de todo; los peques se disfrazaron con bolsas de basura de colorines y fueron vampiros, indios, músicos y piratas. Los de quinto y sexto lo elaboraron un poco más y tuvimos un precioso baile de Grease, un encierro que ni en San Fermines, desfile de famosos y una extraña pelea en las rebajas de El Corte Inglés, entre otros. Y, por primer año, los profesores decidimos que también saldríamos en el desfile: llevamos nuestro propio paso de Semana Santa.

El paso llevaba su cruz, sí, pero acompañada no de un santo, sino de una pobre pizarra verde de las de toda la vida (hecha de cartón, no os vayáis a pensar) y un libro gigante, ambos "muertos" tras la llegada de la pizarra digital y los ordenadores portátiles a las aulas. Una profesora se vistió con toquilla y gafas de Martirio y nos cantó en playback una saeta que previamente habíamos grabado en la sala de profesores. Después, a ritmo de samba, desaparecimos en el almacén donde se guarda el equipo deportivo entre aplausos y abucheos del público. Nos lo pasamos como enanos.

Ninguno de los niños se enteró de lo que habíamos hecho. Ninguno lo entendió. Cuando volvimos a clase, varios críos de segundo se acercaron a preguntarme de qué habíamos ido. "De paso de Semana Santa", les dije. "¿Y eso qué es?" "Pues... Los que desfilan en Semana Santa". Me niego a explicarle a un niño lo que es la Semana Santa y lo que representa, porque ni yo misma lo entiendo. Que le pregunten al de religión.

Por suerte, ningún padre protestó. Temía que alguno nos acusara de falta de respeto, porque vaya usted a saber con lo que le pueden sorprender a una los padres de una escuela laica en carnavales. Pero no lo hicieron. Y nos lo pasamos en grande.

Ya no más.

No quiero leer nada más sobre cómo escribir.

No quiero que nadie me exponga fórmulas matemáticas sobre tramas y estructuras, que me diga lo que debo o no debo hacer. No empieces con descripción, no empieces con diálogo, no empieces hablando del tiempo. Y yo digo que la cosa es empezar.

Quiero aprender andando el camino, aunque ya sé que es difícil encontrarse sin mapa. Da igual; lo bueno que tiene este viaje es que, aunque me pierda, aprenderé algo. Porque, a pesar de que llevo escribiendo desde que aprendí a coger un lápiz, tengo el convencimiento de que no sé nada. Nada de nada.

Voy a leer literatura, y espero aprender de ella. Voy a escribir, todo lo que pueda, siempre que pueda. Y voy a aprender de cada uno de mis errores.

Basta de teoría. Bienvenida la práctica.

Continuación de puto lunes, a pesar de ser jueves

Suena el despertador. Me levanto un cuarto de hora después, con prisas, como siempre. Levanto la persiana: una fina capa de nieve lo cubre todo. Botas de monte al canto. Salgo de casa.

Y nada más salir, algo me cae en la cabeza. No le doy importancia, creo que es un trozo de nieve, aunque no ha caído tanta como para que ya esté deshelando. A medio camino del trabajo, veo una mancha extraña en la manga del abrigo. La mancha sigue por toda la manga, sube hasta el hombro, parece que viene de la cabeza.

Me ha cagado un pájaro. Y por el tamaño de la deposición, lo menos era un buitre.

(Los hados me están diciendo que no salga de casa y que disfrute de la nevada bajo una manta. Hay que hacer caso a las señales del cielo, más si vienen en forma de "lluvia ácida".)

Puto lunes

-Hola, soy Plácido Domingo.
-Y yo puto lunes, no te jode.


Me levanto con dolor de cabeza por tercer día consecutivo, lo que ya de por sí debería haberme advertido que hoy no iba a ser un buen día. El gato decide que le apetece sentarse en los tres centímetros de encimera que quedan delante de la puerta del microondas; cuando lo cojo e intento apartarlo, el bicho pierde el equilibrio y, de modo reflejo, saca las uñas para agarrarse donde puede. Termino con un arañazo de cinco centímetros en la palma de la mano que sangra profusamente. Intento desayunar mientras trato de no desangrarme. Ya llego tarde.

Miro por la ventana antes de calzarme. El suelo está seco, así que opto por los zapatos que calan pero son comodísimos, esperemos que no llueva. Por supuesto, llueve; a la hora de comer llego a casa de mi madre con los pies empapados. Pero al menos he llegado entera: por el camino, una mujer que debía haberse escapado de un psiquiátrico cercano ha intentado pegarme un puñetazo. Hoy no he hecho nada para merecerlo, lo prometo.

Paso la tarde como puedo, con unos horribles zapatos de mi madre -que al menos son cómodos y están secos, aunque los calcetines no- y un dolor de cabeza que apenas me deja dar clase. Los niños, benditos ellos, tratan de ayudar y trabajan lo más en silencio que pueden, pero no pidamos peras al hombro, tienen seis y siete años. Llegan las cinco y mi cabeza dice basta. Me voy a mi casa. Solo quiero un ibuprofeno y silencio, mucho silencio.

Pero antes hay que hacer la compra de la semana. Y llueve. Y tengo que lidiar con el paraguas y las bolsas del súper, que no son muchas pero pesan lo suyo, y sólo recuerdo que tengo una herida en la palma de la mano cuando el asa de una de las bolsas está a punto de abrírmela de nuevo. Pero llego a casa. Y no se ha derrumbado. Ni hay goteras. Ni ha ardido.

Podía ser peor. Podían ser las siete de la mañana otra vez, en lugar de casi las siete de la tarde. El lunes casi ha acabado.

Qué miedo me da el martes, madre. Qué miedo.

Puedo tocar el final con la punta de los dedos

Noviembre fue el mes del NaNoWriMo. Durante veintisiete días (porque los últimos tres estuve fuera de Vitoria) escribí como una fiera y conseguí 50000 palabras. Muchas de ellas son mediocres. Algunas de ellas son malas. Unas pocas son pésimas. Pero también hay alguna perla, que al menos a mí me gusta. Y, como dijo no sé quién, trata siempre de gustarte a ti misma, porque si lo que intentas es gustar a los demás, nunca sabes si lo conseguirás.

Luego llegó diciembre, y me prometí que iba a terminar el borrador, porque la historia parecía merecer la pena y creía que me iba a llevar a algún sitio. Sólo me hacían falta 30000 palabras más, me dije, algo completamente asequible. Mil palabras al día. Lo he hecho antes. Esto está chupado. Pero no pude. No sé si fue el hecho de que no había nadie que controlara la cantidad de palabras que escribía al día, o que estaba agotada por el mes anterior, pero no llegué. En Navidad haremos algo, pensé. Y algo hice, pero poco, la verdad, muy poco.

Y llegó enero, y con él los exámenes parecieron mucho más cercanos. Dejé todo y me puse a estudiar, que no era cuestión de tirar por la borda las horas que ya había metido en ello. No es que estudiara todo el día, ni con mucho, pero cuando lo dejaba no me apetecía ponerme a escribir, estaba demasiado cansada. Me cargué la rutina. Esa hora diaria en la que solo podía escribir desapareció, y empecé a ocupar mi tiempo con tonterías (como ver cuatro temporadas de Dexter en dos semanas). Pero mientras estudiaba solo podía pensar en volver a escribir. No en la historia en sí, sino en volver a poner los dedos sobre el teclado y dejarlos volar, el acto físico de crear. Pero no podía. No tenía tiempo, me decía.

Ahora he acabado los exámenes -hace ya una semana- y he retomado la novela. No recordaba ni los nombres de los personajes principales, no digamos ya los secundarios o la trama. No la he releído entera, sólo las últimas cinco páginas y algunas notas que tengo sobre la historia. Durante una semana no he sido capaz de escribir más de quinientas palabras seguidas. Hoy, por fin, he escrito durante hora y media y he hecho lo que tenía que hacer. He terminado lo que es la historia en sí, a falta de unos flecos que hay que recortar para que el círculo se cierre del todo. Hoy he sabido por qué me estaba costando tanto terminar, y la razón era muy simple: tenía que matar a mis personajes. Y eso no es fácil.

Sabía que debían morir desde que escribí la primera palabra, pero como eso era al final no quería pensar en ello antes de que llegara. Y no podía ser una muerte cualquiera, tenía que ser una muerte que los definiera. Imponente. Edificadora. Y lo ha sido. A falta de la revisión (que será una reescritura en toda regla, voy a cambiarlo todo), me gusta la escena que he escrito esta mañana. Era necesaria. Y sé que volveré a hacerlo. Me ha gustado cargarme a mi creación. Yo soy la única con el poder de hacerlo, y hoy he dado muerte. Soy una asesina de papel.

Mañana pretendo poner el punto y final a una historia de algo más de 80000 palabras, lo más largo que he escrito nunca. No es lo que yo esperaba, no está para ser leído por nadie, no va a ver la luz hasta que no le limpie la cara y la adecente un poco, pero es lo mejor que he escrito nunca. Mañana la termino, si no lo hago esta noche, y el lunes empieza el proceso de maceración. Olvidarme de ella. Escribir cosas nuevas -pero no una novela, algo más corto, algún juego-, pensar en otros temas, y cuando ya no recuerde lo que me motivó a escribir, volver a leerla. Y arreglarla. Que buena falta le hace.

Domingo, 7 de febrero: Después de algo así como 80 días y 81949 palabras, doy por terminado el primer borrador. ¡Terminé! ¡Champán para todos! (O, en su defecto, un café.)

Familia y trastos viejos...

Tengo mucha familia. Cuando digo mucha, quiero decir mucha. Por parte materna somos catorce primos; por parte paterna, ni los cuento porque no lo sé seguro, pero paso de veinte. Tengo primos en Francia a los que nunca he visto. Sé que una tía abuela o similar emigró a Argentina, aunque no me sé toda la historia, así que puede que tenga familia allí, no lo sé, aunque tampoco importa porque sería ya muy lejana. Somos muchos primos. Muchísimos.

No tenemos relación. A veces me da morriña y pienso que es una pena, que quizás deberíamos juntarnos más, pero luego lo hacemos y zas, saltan chispas y nos damos cuenta de por qué no nos vemos el resto del año. Prometimos juntarnos una vez al año, de eso ya hace al menos dos. Me da pena, pero a la vez siento cierto alivio porque no voy a tener que aguantar las ordinarieces de unos, la superioridad de otros y la maldad de los menos. Los tengo agregados al facebook y sé que a mi prima pequeña le gusta Dexter, pero no sé cuál es su tono de voz cuando está contenta o qué cosas le cabrean. Un primo que vive en Madrid me llamó para darme el pésame por mi padre, y soy incapaz de ponerle cara a la voz porque no le veo desde que tenía siete años, y va a cumplir treinta. Triste, muy triste, sobre todo teniendo en cuenta que casi todos hemos crecido a una hora de autobús. Pero la vida es así. Uno no elige a la familia, ni ellos te eligen a ti.

Me alegro de tener solo un hermano. Y de que ninguno de los dos tengamos hijos.

Quiero termin

Tendría veinte años, o quizás menos, o quizás más y ya me había ido a California, aunque lo dudo. Limpiaba mi habitación y encontré media docena de papeles doblados por la mitad, con las palabras "historias de Ruth" escritas con la letra de mi madre en la parte de arriba. No recordaba aquellos papeles escritos con la máquina portátil que mis padres me compraron cuando terminé el curso de mecanografía, con trece años, así que me senté y los leí como si fueran de otra. No recordaba haber escrito ni una sola de aquellas palabras. Pero sé que eran mías. La historia era algo así:

Un hombre sale corriendo de un edificio con varios disketes informáticos en el bolsillo. Alguien le persigue, pero aún no sabemos por qué, ni qué importancia pueden tener los disketes. Él sólo quiere poner su carga a resguardo, esconderlo en un lugar seguro. Consigue dar esquinazo a sus perseguidores y se dirige a un banco.

Allí espera una cajera aburrida que sueña que está en otro lugar, con otro trabajo, harta de la monotonía y deseosa de aventuras. Es soltera, le ha dejado el novio y está harta de tíos, pero aún confía en que existan hombres buenos en la tierra. De repente, la puerta se abre y un pedazo de hombre entra, la mirada nerviosa y el puso tembloroso. Se dirige hacia ella y le pide una caja de seguridad. Como siempre que alguien le pide una caja de seguridad, la cajera trata de adivinar qué será lo que ese hombre podrá querer guardar, porque le fascinan los secretos de la gente.

Y fin de la historia.

Eso es todo lo que escribí.

Me aburrí, se me acabaron las ideas, empecé algo nuevo... Qué sé yo. Sólo recuerdo la rabia que sentí aquella tarde cuando quise saber qué demonios había en aquellos disketes, por qué perseguían al pobre hombre y si al final iba a terminar liándose o no con la cajera. Era la historia más simple del mundo con todos los clichés imaginables, pero a mí me enganchó. Quizás a otros también les hubiera gustado.

Este año me he prometido terminar todo lo que empiece. Aunque sea malo, aunque me aburra a medio camino. Mejor algo malo terminado que no algo con posibilidades sin acabar. No voy a cometer el mismo error dos veces.

Otras épocas

Cada vez estoy más convencida de que yo he nacido en la época, país, posición social y sexo equivocados. Yo tenía que haber sido un noble renacentista en la Inglaterra del siglo XVII, en lugar de una mujer feminista del siglo XXI. Ay, lo que me hubiera lucido a mí el pelo hace tres o cuatrocientos años. O doscientos, como mínimo.



Estoy convencida de que soy la reencarnación de Philip Sidney, un poeta anterior a Shakespeare recordado por sus sonetos de amor imposible que murió a los treinta años en una batalla contra los españoles, según creo recordar de mis estudios de literatura de primero. Vivía de las rentas, era culto, un caballero que conocía todas las artes de la corte, que supuestamente estaba enamorado de una mujer inalcanzable para él y a la que dedicaba sonetos que ya quisiera Shakespeare haber escrito. Mi favorito es el siguiente (y permitiréis que no cometa sacrilegio traduciéndolo; si no tenéis suficiente nivel de inglés, lo siento, confiad en mi palabra, es precioso):

Having this day my horse, my hand, my lance
Guided so well that I obtained the prize,
Both by the judgment of the English eyes
And of some sent from that sweet enemy France;
Horsemen my skill in horsemanship advance;
Townfolks my strength; a daintier Judie applies
His praise to sleight, which from good use doth rise;
Some lucky wits impulse it but to chance;
Others, because of both sides I do take
My blood from them who did excel in this,
Think Nature me a man of arms did make.
How far they shoot awry! The trae cause is,
Stella looked on, and from her heavenly face
Sent forth the beams which made so fair my race.


Pero no, Sidney no podría haber sido, porque yo de poesía poco, para qué nos vamos a engañar. Quizás mi época estuviera más cerca de lo que pienso, en el dieciocho o diecinueve, ahí, con el auge de la novela. Seguiría pidiéndome ser hombre, que las mujeres lo tenían muy difícil, pero escribiría con el estilo de Charlotte Brönte o, quién sabe, la mismísima Jane Austen. Y me meterían en la cárcel por homosexual, pero qué le vamos a hacer, una no lo puede tener todo.




Estos días me siento ñoña, no sé por qué. Llevo una semana viendo comedias románticas británicas, de ahí la neura. Creo que me las he visto todas, al menos todas las que me gustan. En cuestión de comedia romántica, soy muy básica, sólo me gustan aquellas en las que dos personas aparentemente incompatibles terminan juntas al final. Si además actúa Hugh Grant, mejor que mejor. Vamos, que creo que esta semana Bridget Jones es mi película favorita. Sí, qué pasa, probad a trabajar a jornada completa y luego estudiar cuatro o cinco horas seguidas, veréis dónde se os queda el espíritu crítico (no lo digo por ti, Hugh, que tú me gustas hasta cuando te vas de putas; y madre lo que ha ganado este chico con la edad, que parece mentira que pase de los cincuenta).

Lo dicho, soy de otra época. Una época donde todas las historias tienen final feliz, donde la chica siempre consigue al chico que le gusta por muy fea que sea ella y muy guapo que sea él, una época en la que todo es de color de rosa y no hay dolores ni penas por ningún lado, donde cuando te caes de culo nadie se ríe y se limitan a preguntarte si te has hecho daño, donde Colin Firth está como un camión. Una época que no es la mía.

(Ah, no, un momento, es que eso no es una época, sino un universo paralelo…)

Más cosas que me gustan

5. Los días soleados, aunque haga frío.

4. Niños que me aclaman al grito de "Ruth, txapeldun" cuando entro en su clase.

3. Un pincho de tortilla a las diez y media de la mañana.

2. Disfrazarme en carnavales.

1. Haber acabado los exámenes, por más que tema que uno de ellos está suspendido.

Mis libros favoritos

Si mi avión se estrellara y terminara en una isla desierta con comida y agua abundante y un solo libro… Me moriría del asco. Soy incapaz de elegir un libro, mi favorito, ese que has releído un millón de veces o que te ha dejado una huella imborrable. En lugar de eso, tengo una lista de favoritos sin orden particular, donde cada uno ha aportado algo a la lectora que soy, y me tengo por bien leída. Estos son solo algunos.

-Al este del Edén, John Steinbeck: Un libro que lo tiene todo. Profundo, te llega a lo más hondo sin necesidad de hurgar, te marca, no lo olvidas nunca. Difícil seguir leyendo cualquier cosa después de acabarlo. A mí me costó meses volver a leer después de terminarlo porque sabía que no podía haber nada tan bueno como aquél.

-Las uvas de la ira, John Steinbeck: Este es más desgarrador que el anterior, una angustia continua que no te deja descansar ni en una sola página, que no termina con el libro. Triste, horroroso, maravilloso, inolvidable. Lectura obligatoria.

-Middlesex, Jeffrey Eugenides: La historia de un hermafrodita contada desde su segunda vida, la que empieza como hombre tras haber vivido toda su infancia como mujer. Preciosa historia dificilísima de contar que Eugenides hace que parezca fácil. Mucho mejor que Las vírgenes suicidas, del mismo autor. Ni punto de comparación.

-Tomates verdes fritos, Fannie Flagg: Ríes, lloras, te emocionas, saltas en el asiento y acabas con la boca abierta al final. Trata la homosexualidad femenina con tanta maña que no parece estar hablando de ello. Me gusta su manera de contar la historia, dando saltos en el tiempo sin respetar la temporalidad de la historia. La película, preciosa también; se nota que el guión lo escribió la misma Flagg.

-Wicked, Gregory Maguire: Porque está bien ver la historia de El Mago de Oz desde el punto de vista de la malvada bruja del Oeste. Al final, ni era tan bruja, ni era tan malvada, pobrecica. Digna lectura, no apta para niños.

-Marcas de nacimiento, Nancy Huston: La historia de una familia contada al revés, empezando por el pasado y viajando atrás en el tiempo. Preciosa de principio a fin.

-1984; Animal Farm, George Orwell: Ambas tenían que ser de obligada lectura en el último curso de bachillerato. Aunque no se esté de acuerdo con las ideas de Orwell, estos son de esos libros que es necesario leer para entender el mundo tal y como es hoy.

-La Regenta, Leopoldo Alas Clarín: ¿Qué hubiera sido de mi adolescencia sin este libro? ¿Cuántas veces he podido leerlo? Y ahora que su historia queda casi olvidada, siento que me llama, reclama mi atención desde su estantería, amarillo ya el tomo, desgastado tras veinte años en mi poder. Caerá pronto, porque hay libros que se deben releer tantas veces como te pida el cuerpo (y el mío pide Regenta a gritos).

Y tantos y tantos otros… Pero no habría tiempo ni espacio suficiente para anotarlos todos. ¿Cuáles son algunos de los tuyos?

Mi trabajo ideal

Desde que tengo uso de razón, he querido ser dos cosas: profesora y escritora. Lo de profesora fue fácil, sólo necesitas un título: hice magisterio, me saqué el EGA (título de euskera) y me puse a trabajar nada más terminar la carrera. Mi pasión era enseñar a leer a los niños, aunque todavía hoy no tengo muy claro cómo se hace eso y si las profesoras tienen algo que ver en el proceso. Cada vez estoy más convencida de que los niños aprenden a pesar de la profesora, no gracias a ella. Pero primer sueño cumplido.

Lo de ser escritora está siendo un poco más difícil. Me falta la energía requerida para lograrlo. Me falta la pasión, la concentración, el deseo. Me falta disciplina, lo que lo hace muy difícil. Debería ser capaz de sacrificar cualquier cosa por la escritura, y en lugar de eso me apunto a patchwork, o utilizo los estudios como excusa para no escribir. Pero sigo queriendo ser escritora. Sueño con ello. Y, como soñar es gratis y muy placentero, creo que es algo que voy a seguir haciendo por los restos.

Con la edad, sin embargo, los sueños cambian. Me gusta mi trabajo, pero es agotador. Sé que no voy a llegar a vieja lidiando con niños de menos de doce años, por mi bien y por el suyo. No quiero quemarme. Así que sueño despierta -otra vez- y me imagino un escenario en el que no tuviera que tratar con niños todos los días. Como ser traductora, por ejemplo. Manejar distintos idiomas, más aún de lo que ya lo hago ahora (en mi día a día, castellano; con los compañeros de trabajo, euskera; con los niños y en los estudios, inglés; tres horas a la semana, en alemán). O ser dueña de una librería y pasarme el día rodeada de libros. O de cuentacuentos en una biblioteca. Animadora a la lectura, profesora de teatro. Actriz de teatro (chúpate esa). Psicóloga. Escritora.

Escritora.

La pescadilla que se muerde la cola.

Para que luego digan que las niñas pequeñas no saben lo que quieren.

Hacia delante

Hacia delante, siempre hacia delante. Vive, deja vivir, avanza, cambia, sueña. Mejora. Siempre a mejor.

O no.

La individua

Estoy esperando a que el semáforo se ponga en verde y me fijo en un coche que no ha salido disparado en cuanto el disco ha cambiado, con las luces de emergencia dadas y en mitad del carril. Dentro, una mujer con cara de agobio habla por teléfono mientras intenta arrancar el coche, que no obedece. Deja el teléfono, vuelve a intentarlo, pero nada. Coge una carpeta, saca varios papeles, trata de arrancar otra vez, vuelve a coger el móvil. A su alrededor, los coches pasan zumbando, pero nadie le pita. Está claro que es una avería.

Menos para el listo de sesentón que se pone a mi lado. Es ver a la mujer en el coche y empezar a despotricar a voz en grito, aunque va solo y no habla para nadie en particular.

-Mírala, hablando por el móvil, ahí parada. Pero será imbécil, hay que ser imbécil. Joder con la individua, la que está montando. Dios, qué asco, si es que...

Yo abro la boca, y a punto estoy de decir algo, pero en ese momento la mujer trata de arrancar otra vez y el hombre se da cuenta de que no lo ha hecho a posta. Aún así, el muy óngase adjetivo aquí] mueve la cabeza de un lado a otro y mira el coche con una expresión de "mujer tenías que ser, hay que ver" que me da náuseas.

Y entonces el semáforo cambia, y yo acelero para alejarme del individuo antes de soltarle lo que estoy pensando, porque uno de mis alumnos está a mi lado y tampoco es cuestión de pegarme con un jubilado por defender el honor de las mujeres al volante.

Quiero ser niña

Ane quiere irse a casa. No le apetece venir a clase hoy y llora, berrea, las lágrimas le caen por la cara como si surgieran del nacimiento del Nilo. No puedo calmarla, nada de lo que le digo surte efecto. Quiere irse a casa, y punto. Cantamos canciones, saltamos, jugamos, y poco a poco se va acordando de que el inglés también le gusta, y que luego vendrá el maisu con sus cuentos favoritos, y va dejando de llorar. Pero de repente se acuerda de su madre y empieza otra vez. Parará cuando ella quiera, nunca antes.

Yana no llora, pero se agarra a su madre con tanta fuerza que hacen falta dos profesoras para soltarla de ella. Es dura de pelar, la más alta de la clase, un poco abusona, pero cuando no quiere venir lo deja hacer saber. Naroa, mi Naroa, la buena estudiante, la que disfruta viniendo a clase, hoy está desconsolada y no entiendo por qué. El tutor me lo aclara: se queda en el comedor y hoy hay pescado. Son las nueve y media de la mañana y ya está desesperada porque no le gusta el menú.

Los niños lloran, se rebelan, luchan contra lo que no les gusta, te lo dicen bien a las claras. Los adultos intentamos calmarlos, pero nada de lo que hagamos vale una mierda. Son ellos los que se tienen que calmar, ellos los que dicen basta, hasta aquí, ya me siento mejor. Y entonces paran, y sonríen, y vuelven a ser los niños alegres que mis alumnos tienen la suerte de ser.

A veces quisiera ser niña para poder mostrar al mundo lo que siento en cada instante, en lugar de llevar una máscara las veinticuatro horas al día y fingir que todo va bien, o disimular todo lo que puedes cuando las cosas se tuercen y no hay manera de fingir del todo. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de gente más feliz, más entera, menos falsa. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de niños grandes.

Nieve


Nieva en Vitoria. Como todos los años.

La nieve no es novedad, la falta de ella sí lo sería. Vitoria sin nieve es como un jardín sin flores, si no cae una buena nevada al menos una vez al año nos falta algo. Muchos años nos ha faltado algo, y no salimos en las noticias. Pero siempre que nieva, aparecemos en el telediario. La no-novedad es noticia.

Este año, la nevada ha sido quizás más copiosa que otras veces, aunque yo todavía recuerdo las que caían cuando yo era pequeña -y no tan pequeña- y soy incapaz de compararlas. Mi ikastola estaba al lado de un parque, así que, cuando nevaba, a veces nos llevaban al parque y nos pasábamos la hora del recreo haciendo ángeles en la nieve. Yo era una mocosa, tendría seis o siete años, y recuerdo que la nieve me llegaba por las rodillas. Ahora he crecido, mis rodillas están más altas. Quizás sea eso por lo que no me parece que ahora nieve tanto. Pero no, no es eso. Cuando hacía prácticas en la misma ikastola, intenté cruzar el parque después de una buena nevada. No pude. Me llegaba a mitad del muslo. Y desde entonces no he crecido más, así que sí, antes nevaba más que ahora.

Cuando nieva, me acuerdo de mi padre. Él siempre renegaba de la nieve. Decía que qué había de bonito en un paisaje completamente blanco, dónde estaba la gracia. El otoño sí que es espectacular, con su gama de colores, decía él, pero un paisaje todo blanco... Vamos, hombre, vaya porquería. Luego se ponía a enumerar los problemas que causaba la nieve, y mi hermano y yo le tachábamos de exagerado. Con lo divertido que es, le decíamos, mira cómo se lo pasan los críos.


Ahora he crecido, y creo que un poco del espíritu de mi padre habita en mí. Me gusta ver caer los copos desde la ventana de mi casa, con la calefacción a tope y la manta sobre el regazo, pero odio tener que salir a la calle. Me siento torpe andando con botas de monte, me patino por muy buen calzado que lleve, paso frío, me mojo... Me acuerdo del otoño, con el colorido de las hojas de los árboles, y deseo con todas mis fuerzas que acabe el maldito temporal. Quiero que deje de nevar. Quiero poder andar por la calle sin sentirme idiota.

Hoy he oído en televisión que un hombre que limpiaba la acera se ha resbalado y se ha matado con el golpe. Pienso en su familia, en el cuerpo que se te tiene que quedar cuando quien quiera que dé ese tipo de noticias se te plante en casa. "No, oiga, debe usted estar equivocado, mi marido está limpiando la acera". Estaba, oiga, estaba.

Nieva. Hace frío. El suelo reluce como si fuera de mentira. La noche es más clara cuando hay nieve.

10 cosas que no me gustan de las fiestas de Navidad


10. Ponerte hasta el culo de comida aunque no tengas hambre, aunque no hayas tenido hambre la última semana, aunque tengas la sensación de que nunca jamás volverás a tener hambre después de todo lo que tu madre/suegra te ha hecho comer estos días.

9. Que Baltasar siga siendo un blanco con la cara pintada de negro. ¿Pero es que no hay bastantes negros alrededor para que dejemos esta estúpida tradición del betún? ¿O somos tan racistas que solo soportamos a los negros de mentira?

8. Que los huevos fritos no estén en el menú navideño.

7. Los villancicos clásicos en castellano. En euskera y en inglés no me importan, pero en castellano no los soporto. Esto es a raíz de un trauma personal que tengo después de aguantar X Navidades los cánticos de mis tíos y mis padres, todos ciegos como piojos y peleando por ver quién desafinaba más.

6. Las aglomeraciones navideñas. Eso de que a todo el mundo le dé por hacer compras de última hora y no te dejen a ti, que realmente no has tenido tiempo hasta el último minuto, campar a tus anchas por El Corte Inglés.

5. El Corte Inglés. Se creen que las Navidades las han inventado ellos.

4. Los anuncios de colonias. A cada cual más repulsivo, sexista y repetitivo.

3. El anuncio de Euskaltel del "llámala, din-don, llámala, din-din-don". A todas horas, en todos los canales (menos en TVE), después y antes de todos los programas.

2. Que no te respondan a las felicitaciones de Navidad. Ya no pido que manden un "christmas", con un mensaje de teléfono o uno en el Facebook me conformo.

1. El siete de enero.

¿Y tú? Venga, no me vengas con el espíritu navideño, que seguro que algo hay.

Personalidades ocultas


Algunos dicen que una debe escribir sobre lo que conoce. Tiene su lógica, claro, lo que conoces es lo que más fielmente puedes retratar. Puedes echar mano de tus sensaciones, de tus conocimientos, y crear un escrito personal y realista, fiel a la realidad. El problema es adaptar eso que uno conoce y conseguir crear una historia de ficción a raíz de eso. Quieras que no, tendrás que incluir aspectos desconocidos, asuntos que no manejas de primera mano.

Yo prefiero escribir sobre aspectos que no conozco. No me refiero en la historia en sí. Puedo escribir sobre un profesor de primaria que se enfrenta a una clase de niños por primera vez, por ejemplo, pero ese profesor de primaria estaría muy alejado de cómo soy yo. Me obsesiona la psique humana. Me obsesiona ponerme en el lugar de un asesino, por ejemplo, o un violador. ¿Qué se le pasa por la cabeza a alguien que mata por placer? ¿Se puede llegar a entender a un psicópata? ¿Me convierte ello en un ser peligroso? Mi profesor, seguramente, sería pederasta, y la historia incluiría la terrible escena en la que abusa de un niño. Jamás he conocido a un pederasta. No entiendo qué se le puede pasar por la cabeza a una persona así. Pero me gustaría entrar en su mente y averiguarlo.

A veces, cuando escribo, me gusta dejarme llevar por esa parte de mí que no me pertenece, esa parte que no es yo. Me pongo en el papel de otra persona y actúo -sobre el teclado del ordenador- sin principios ni valores, o al menos no los míos. Me gusta crear personajes enrevesados, peligrosos, con un pasado doloroso que les convierte en lo que son. El otro día describí una violación desde el punto de vista del agresor. Fue fácil. Imaginé mi peor pesadilla y la expuse sobre el papel, pero cambiando los roles. Fue divertido. Es lo más cerca que estaré nunca de cometer una agresión sexual, porque me parece la peor de las agresiones. Peor incluso que el asesinato. Pero esos son mis valores, no los de mi personaje.

Cuando escribes puedes matar, acuchillar, violar, mentir, prevaricar... Y todo queda en casa. Te conviertes en la antítesis de lo que realmente eres, vas en contra de todos tus valores, reniegas de tu educación. Y no pasa nada. Es más, si lo haces bien incluso puedes ganar dinero con ello, aunque nadie te librará de las críticas sobre lo terriblemente realista que es tu ficción y el asco que les ha dado leer tanto detalle en una violación/asesinato/robo a mano armada. ¿Me convierte eso en criminal? En absoluto. Porque cuando me despego del ordenador entiendo que solo era un juego, tan inofensivo -o más- como jugar con pistolas de agua. Es divertido, pero no es real. Y la diferencia entre esos dos mundos es lo que hace que escribir merezca la pena.

2010

Nunca puedes decir "este año solo puede ser mejor que el anterior", porque la vida es muy puñetera y puede demostrarte lo equivocadísima que estás. No me atrevería a gritar a los cuatro vientos que por fin se ha acabado un año horrible, horrible, horrible y que espero con avidez todo lo bueno que me va a traer el 2010, porque me he vuelto cauta y aquella resolución de "este va a ser el mejor año de mi vida" ha desparecido. No sé si tengo un mejor año en mi vida, todos han tenido sus cosas buenas y malas. Pero el 2009 pasará a la historia como el año de la pesadilla. En el 2009 murió mi padre, y todo lo bueno o regular que pasara el resto de los 364 días ha quedado en el olvido.

Este año lo termino con una migraña y lo empiezo con una gastritis. Si fuera supersticiosa, diría que no es muy buen augurio; como las supersticiones dan mala suerte, he decidido que empiezo el año enferma para quitarlo de mi lista de quehaceres y poder pasar el resto del año fresca cual lechuguita. El gato tiene un ojo rosa que apenas puede abrir, él también empieza el año regular. Los demás, como siempre, más o menos afortunados. Que empiece un año nuevo no significa que tenga que haber muchos cambios. Desgraciadamente. Cambiaría tantas cosas en mi vida... Lo malo es que todas escapan a mi control.

Qué seria me he puesto. Yo solo pasaba por aquí para desearos un feliz 2010, y que todo lo que deseéis se cumpla o al menos no se vaya al garete de forma estrepitosa. Sed todo lo felices que podáis hoy, que el mañana nunca está asegurado. No esperéis al 2011, este año es tan bueno como otro cualquiera. Dicen. Espero.

Pues eso, que feliz año.

Cambios

En el día de hoy anuncio que:
1. Voy a dejar de escribir. Estoy hasta el moño de pelearme conmigo misma todos los días. Ya no me gusta. Me rindo. A partir de ahora dedicaré mis horas libres a hacer calceta y punto de cruz.
2. Reniego de Alan Rickman. Me parece un viejo insoportable que ha llegado a donde está sólo porque de niño se le atascó la mandíbula y aprendió a hablar sin mover los labios. A partir de ahora sólo veré películas americanas con mucha violencia, mucho sexo y final feliz.
3. Soy de derechas y españolista. De mayor quiero ser como Esperanza Aguirre. Me pone Rajoy. Si fuera hombre, me dejaría un bigotillo como el de Aznar (como no lo soy, me lo quito con láser).
4. Como soy una débil mujer, voy a buscarme un marido que me cuide y me quite de trabajar para no ocupar un puesto laboral que le corresponde a un hombre. He decidido que voy a tener al menos cinco hijos y voy a dedicar el resto de mis días a cuidar y mimar de mi familia, sin más aliciente que los quince días en Benidorm en agosto.
5. Pienso que la homosexualidad es una enfermedad, el aborto una aberración y el divorcio contra natura, que Rouco Varela debería ser santificado en vida y que el papa es el hombre más divino del mundo. Creo en Jesús y a partir de ahora voy a ir a misa todos los días. A todas las misas.
6. Creo que tienes mucho tiempo libre y deberías estar haciendo cosas más interesantes que leer la mierda que escribo aquí de vez en cuando.

(ay, inocente, inocente...)

A esto le llamo yo una buena decoración


No, no es un hombre a quien se le ha escapado la escalera y se ha quedado colgando. Es un muñeco que el ingenioso dueño de la casa puso como decoración de Navidad y tuvo que quitar a los dos días porque a punto estuvo de causar accidentes frente a su casa. Según cuenta en su blog (si tuviera más tiempo pondría un link, siento haber olvidado cómo se hace, tendría que ponerme a rebuscar y no me apetece), una señora de 55 años llegó a levantar una escalera de casi cuarenta kilos y subió por ella antes de darse cuenta de que no era de verdad. La policía le recomendó que lo quitara porque incluso ellos habían estado a punto de pegársela cuando frenaron bruscamente con la intención de ayudar.

Duraría poco, pero seguro que dio que hablar a todo el vecindario...

Bloqueo del escritor y otros mitos

No creo en el bloqueo del escritor. No creo en el síndrome de la página en blanco, en que las musas te abandonen. Creo en que se pueden tener días más o menos inspirados, y que algunas veces las cosas te salen mejor que otras, pero no creo en la imposibilidad física de escribir. Sé que no existe porque lo he comprobado. Para el resto del mundo, esos que no escriben (también los hay, ¿os lo podéis creer?), el bloqueo se llama vagancia.

El pasado mes de noviembre conseguí crearme una férrea rutina. Me sentaba todos los días a escribir a la misma hora y trataba de escribir la misma cantidad de palabras, que de lunes a viernes eran alrededor de 1500 y los fines de semana algo más. Algunos días estaba cansada después de un día eterno, pero me sentaba igualmente; al fin y al cabo, no se trataba de mover piedras de molino con los dientes, algo podríamos hacer. Y avanzaba. Vale, no era Shakespeare, pero nada de lo que yo haga nunca lo será, y mi objetivo era perderle el miedo a escribir. Y lo conseguí. Incluso logré algún párrafo del que sentirme orgullosa (y muchos que negaré haber escrito yo cuando gane el Cervantes y me den la cátedra), pero eso era lo de menos. Ya vendría la revisión.

Llegó diciembre y me prometí seguir así, pero ya la presión no era la misma, la novela había llegado a su punto medio y, aunque sabía lo que venía después, me daba pereza seguir. Cometí el error de darme días libres. Perdí el impulso, la inercia que me tenía pegada a la silla todos los días a la misma hora. Recuperar la costumbre fue muy difícil. Todavía no lo he hecho. Cualquier excusa es buena para no escribir.

Y no es un bloqueo. No es que no sepa como seguir, que sí lo sé (solo que ahora es más difícil, porque vienen los "macgufins", como dice una amiga, los momentos de tensión que justifican todo lo escrito hasta ahora), pero me da pereza. Me da miedo. Ya empiezo otra vez con el "¿y si no lo hago bien?", solo que ahora es mucho más ridículo porque todo lo anterior es cualquier cosa menos bueno. Más de sesenta mil palabras, el final aún no se atisba, y me pongo a dudar. No es bloqueo de escritor, no es miedo a la página en blanco porque no hay ya nada blanco. Es miedo a secas.O pereza. O entumecimiento. Pero bloqueo no.

El bloqueo se vence escribiendo. Hoy he conseguido pegar el culo a la silla y escribir mil palabras. Son pésimas, y creo que me estoy desviando, pero al menos ya sé por qué camino no me apetece ir. Mañana me sentaré otra vez. Y estas vacaciones pienso dedicar algún que otro día solo a escribir (bueno, y a comer y a dormir, pero a nada más), como ya hice en noviembre, cuando conseguí cascarme 6000 palabras en un día. Es cuestión de ponerse. De vencer a la pereza.

Y a mí a cabezona no me gana nadie.

Sábado, día de escritura

Nueve y media de la mañana de un sábado. El despertador no suena, pero yo ya estoy despierta y dispuesta a empezar el día. Hoy tengo que escribir, me digo, tengo que sentarme al ordenador y usarlo para lo que lo compré, que no está la economía como para tirar el dinero. Hoy escribo.

Pero primero tengo que desayunar. Un desayuno lento y sin prisa, con música de fondo, relajado. El gato husmea la tostada, él también quiere. Quito la taza de café con leche antes de que meta el morro, anda que no es fino el tío. Me tomo otro café. Sólo he dormido diez horas, aún tengo sueño.

La casa está hecha un asco. No me puedo concentrar con pelusas por doquier. Paso la escoba y me pongo. Bueno, ya que he sacado la escoba, saco el Ajax Pino y le pego una fregadita al suelo. Y a la encimera de la cocina. Y ya puestos, limpio el baño.

Ya, ya está todo limpio, ya me puedo poner a escribir. Vamos a echar un vistazo a internet y ahora me pongo.

Media hora más tarde, me doy cuenta de que el reloj de pared del despacho está parado. Hay que cambiarle la pila. Es un momento, lo hago en un pis-pas.

¿Dónde coño he metido yo las pilas? Diez minutos buscándolas para encontrarlas en el cajón de las pilas. Qué cosas.

Anda, no he planchado los cuadritos de patchwork (estoy haciendo un cojín, más mono...) y quiero pasarme la tarde cosiendo en casa de mi madre, así que mejor los plancho ahora y así, mientras escribo, se enfría la plancha y puedo guardarla antes de irme, no vaya ser que el gato se queme el hocico. Un momentito, es un momentito.

Ya está. Me siento. Abro el documento. Escribo cien palabras. Miro el reloj.

Coño, es la hora de ir a comer a casa de mi madre. Apago el ordenador y me visto a toda prisa, que tengo que comprar el pan.

De mañana no pasa, mañana escribo.

Que sí, de verdad.

¡Me importa tres pepinos!

Enciendo el ordenador. Después de pasear por el correo, voy con toda tranquilidad a los dos periódicos digitales que leo siempre, ¿y qué me encuentro en portada (en pequeñito, pero en portada)? La foto en exclusiva del nuevo aspecto tras la operación de cirugía estética de cierta persona a la que no pienso nombrar para que nadie pueda llegar aquí tecleando su nombre.

¡Señores, qué hace esa tía abriendo periódicos! Como ella misma dijo, ¡ni que fuera Bin Laden, leches!

A veces me gustaría ser idiota para dejarme comer la cabeza por tonterías sin importancia...

Aborta, que algo queda.

Los obispos dicen que abortar es delito.

Se nota que ni son mujeres, ni trabajan con ellas, ni están casados, ni tienen hijas o nietas.

O sí.

En defensa de la escuela pública

Trabajo en una escuela pública. Una ikastola pública, para más señas, un centro que empezó siendo de la diputación alavesa para luego pasar a manos del Gobierno Vasco cuando las ikastolas lograron la completa legalización. Está en un barrio de los llamados "bien" de la ciudad, de clase media alta y con un pírrico porcentaje de inmigrantes. No hay problemas de disciplina. Las clases son todo lo homogéneas que se puede esperar en una clase de veintipico niños y niñas.

El año pasado, los alumnos de cuarto tuvieron que hacer el examen diagnóstico, una prueba que el Gobierno Vasco (no sé si es estatal) utiliza para gradar los centros que se toma en cuarto de primaria y segundo de ESO. Se medían las competencias en castellano, euskera y matemáticas, y este año también conocimiento del medio (aunque esta última va a cambiar todos los años). Nos han llegado los resultados. Dado el nivel socieconómico del barrio y de los alumnos, la comparación entre centros (todos anónimos) se ha hecho teniendo en cuenta ese dato. Al tener nuestras familias un nivel socioeconómico muy alto, la comparación se ha hecho contrastando nuestros resultados con colegios privados y concertados de la comunidad, modelos A, B y D.

¿Los resultados? Les damos a todos sopas con honda.

La media del resto de colegios no es mala, en la gráfica quedaban a la mitad del nivel medio, pero nuestra ikastola pasaba con creces ese punto y entraba en la zona de "avanzados". La nota más baja, aunque aún muy por encima de la media, era en matemáticas, y hasta en conocimiento del medio han (hemos) arrasado. Tened en cuenta que estos niños son castellano parlantes e hicieron el examen en su lengua de acogida, no la materna. Había dudas, se creyó que lo harían mal. No hemos hecho trampa y hemos arrasado.

¿Qué conclusión saco? No, no es que el modelo D funciona (que lo defiendo a capa y espada, pero no es lo que respaldan estos datos); no, no es que los niños de ikastola son más listos, o que los profesores que hablan euskera están más preparados. La conclusión a la que llego, a pesar del título de la entrada, es que la escuela, pública o privada, es solo una mínima parte del cuadro, que poco podemos hacer nosotros (los profesores) en la educación de los niños a la hora de la verdad. La mayoría de nuestros alumnos tienen padres universitarios, algunos profesores, la mayoría bien educados. No tenemos ningún grupo marginal, ningún problema serio de disciplina, podemos emplear todo nuestro tiempo en enseñar. ¿Por qué otros colegios de la ciudad, a pesar de tener los mismos profesores (todos sacados de la misma lista, todos con la misma formación) se han quedado en la zona baja del gráfico? Porque no tienen nuestras familias, no tienen nuestra educación. Y sin esa materia prima, poco podemos hacer los profesores, ya sea en público o en privado.

Así que, padres y madres, andad al loro de lo que hacen vuestros hijos. Participad todo lo que podáis, enviad a los chavales bien educados, formales y respetuosos, que de las sumas y las restas ya nos encargamos nosotros. Y zorionak a todas las familias de los chavales de cuarto (este año quinto) de mi centro, porque nos han puesto a los profesores el ego por las nubes.

Oh, Christmas tree

Estos días, en clase de los pitufos de 4 y 5 años, estoy trabajando villancicos, ya sean reales (oh, Christmas tree, oh, Christmas tree, how lovely are your branches) o inventados (I'm a little snowman, short and fat). Después de trabajar el del árbol de Navidad, me viene un pitufo y me dice: "Ruth, Ruth, hoy he puesto el ohchristmastree (así, todo seguido y sin respirar) en mi casa".

Si es que hay que tener un cuidado con lo que se dice en clase...

Terapia

Fin de semana largo. Mucho tiempo para hacer cosas, o para no hacer nada. Cuatro días en los que dedicarse a lo que una prefiera.

Ayer me dediqué a hacer el vago. No hice nada. Limpié un poco la casa y me pasé el resto del día jugando con el ordenador nuevo, bajándome de internet programas que probablemente no necesito, buscando tonterías en la red. Después lo utilicé para una charla de una hora con mis amigos de allende los mares (viva el skype), y salí a dar una vuelta.

Me sentí como una patata.

No me gusta hacer el vago. Me aburro. Me convierte en vaga. De repente, no me siento motivada para hacer nada, ni para ver la televisión. No hay nada que me llame la atención. Y después de un par de horas de no hacer nada, soy incapaz de ponerme a hacer algo serio. Me convierto en vaga. No valgo para nada.

Esta mañana he decidido que no iba a volver a hacerlo. Después de una ducha que me ha dejado como nueva, me he sentado otra vez frente al ordenador, pero esta vez para darle el uso para el que se compró: he escrito dos mil palabras de un tirón. Diciembre también va a ser mi NaNoWriMo, solo que esta vez aspiro a 30000 palabras en vez de las 50000 de noviembre, no nos pasemos, y hoy ya he cumplido por hoy y por ayer. Esta tarde toca estudiar, algo que no he hecho desde ya ni me acuerdo; tengo ganas de ponerme a hacer cosas porque ya he empezado, no me he permitido caer en la desidia de un día de fiesta.

He hecho terapia. La escritura es mi terapia. Me hace sentir renovada, me da ganas de seguir haciendo cosas, me hace pensar en todo lo que puedo hacer con los tres días de fiesta que me quedan.

El único dolor: haber tirado el sábado de mala manera. Pero aún tengo dos días más para compensar.

Si es que vamos de cosmopolitas...



...y luego hacemos estas cosas.

Visto en Madrid, en un bar céntrico, en la calle paralela a Preciados. La foto no está trucada (no sabría cómo hacerlo aún si quisiera) y me ha servido para pasar muy buenos ratos. Lo que me he podido reír, madre.

Let's go sting something, uncle.

Diario

Empieza el invierno. Ya hemos tenido la primera nevada, muy ligerita y sin llegar a cuajar, pero hemos visto nieve. Se me ocurrió señalarla por la ventana cuando estaba con los de cuatro años y ahí se acabó la clase. Qué gritos, madre, qué dolor de cabeza. No hay nada peor que la nieve con veinte niños altamente inflamables a tu alrededor.

Hoy, sin embargo, hemos tenido un día casi cálido en comparación. Hacía fresco, sí, pero somos vascos, hostia, podemos con todo, siempre y cuando haga un poco de sol y el viento del norte amaine. Me ha gustado el día de hoy. Ojalá aguante así todo el invierno, con las nevadas justas para llenar el pantano. En casa, mantita, gato y calefacción, y los que trabajen al aire libre que se fastidien (bueno, no, que se abriguen).

Y sigo con lo mío. Noviembre, diciembre, enero o febrero, la cosa es escribir. Me he dado unos días de fiesta para celebrar el triunfo de NaNoWriMo y ahora vuelvo a la carga, pero más pausada, sin prisas, tranquila. Tengo tiempo, tengo ideas y soy lo suficientemente previsora como para haber ahorrado tiempo libre. Ya he estudiado todo lo que tenía que estudiar, ahora a leer y a escribir, que es lo que me gusta. Ya llegará enero con sus exámenes y será tiempo de agobios otra vez. Ahora no.

La calefacción a tope, el ordenador nuevo funcionando a todo trapo, el gato en el regazo, un té rojo a mi lado... Qué poco me hace falta para sentirme satisfecha.

Fin de semana largo y otras cuitas

Mañana tengo fiesta por ser el día del maestro (que a ver cuándo empiezan a llamarlo "día de la maestra", que visto el porcentaje de maestros y maestras nos toca feminizar la fiesta, digo yo). Aprovecho que mi hermano tiene un máster en Madrid para ir a pasar el fin de semana con él y visitar una ciudad que desconozco por completo. Espero que no llueva.

Salgo de madrugada, a las dos de la mañana del sábado, lo que significa que, a cuatro días del fin del NaNoWriMo, no voy a poder escribir en dos. Ayer, con mis 40000 palabras escasas, me había dado ya por vencida y había decidido que otro año sería, pero hoy me ha llegado el e-mail del organizador y me ha metido adrenalina en vena. He llegado a casa y me he sentado en el ordenador; tras dos horas, he logrado casi 4000 palabras, algo que no había hecho en mi vida. No son palabras que vayan a hacerse un hueco en la historia de la literatura y más de la mitad de lo que he escrito hoy se va a ir a la basura en la revisión, pero he adelantado la historia y la estoy llevando por donde yo quería. Me gusta. Puede salir algo bonito de todo esto.

Mis dedos vuelan sobre el teclado de mi ordenador nuevo, mi auto regalo de cumpleaños tardío -o de Navidad temprano-, y al que creo que tengo que agradecerle parte del mérito de las palabras de hoy porque ya no me dejo el cuello en el portátil. Un gasto superfluo, algo sin lo que podría vivir, pero he decidido que, si quiero ser escritora, voy a invertir en el instrumental necesario para conseguirlo. Cuando acabe la novela caerá una impresora como dios manda, para empezar a mandarla a cuanto concurso y editorial tenga a bien leerla.

Aún no ha empezado mi puente y ya estoy pensando en el de la semana que viene, en la de horas que puedo pasarme escribiendo con cuatro días de fiesta, aunque ya no tenga un día marcado en rojo en el calendario para entregar nada. Estoy deseando acabar el primer borrador para poner en limpio todas las notas que he ido tomando y empezar a pulir la historia. Hacía mucho tiempo que los personajes no me perseguían en sueño ni atacaban mis horas de asueto.

De momento, tranquilidad en el frente.

Sarcasmo con niños de seis años

La clase de primero B es horrible. No lo digo solo yo, lo dice cualquier profesor que entra a dar clase, incluída su tutora. Es una de esas clases donde hasta los buenos son malos, porque son inteligentes pero no hay manera de sacarles provecho, despistados y guerreros como son. Una hora en esa clase es como dos días enteros en cualquier otra. Los martes y los jueves a última hora de la mañana me concentro y me esfuerzo por tomármelo con calma, por no gritar, por no enfadarme. A los cinco minutos de entrar en clase ya no me queda voz. Como muestra un botón.

A. es un niño a quien en otros momentos de la historia habríamos llamado "cortito" pero que ahora llamamos "de desarrollo lento". En pocas palabras, no sabe hacer la o con un canuto y encima nunca, nunca, nunca presta atención. Eso sí, participar y salir a la pizarra le encanta, así que hoy le he sacado para que uniera los nombres de los miembros de la familia y sus dibujos.

No ha dado una, el condenado, aunque en este caso eso es lo de menos.

Así que, después de echarle más cables que el tendido eléctrico de un hospital y tras devolverle a su sitio con un inmerecido "good job" para subirle el ánimo, se ha puesto el angelito a jugar con tooooodo lo que caía a menos de un metro de sus manos, ya fuera suyo o del compañero. Yo, nerviosísima ya porque esta clase me ataca los nervios, interrumpo a la pobre cría que he sacado a la pizarra y digo, con voz de trueno:

-Nada, A., tú sigue jugando, ¿eh?, sigue jugando, no hagas ni caso.

Y eso es, exactamente, lo que A. ha hecho. La primera vez en su vida que me hace caso.

(Nota mental: escribir cien veces "no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años...)

13 de noviembre

Hoy es viernes 13, día maldito para el mundo anglosajón. Se teme un bombardeo de virus y la gente huye gatos negros y escaleras varias. Yo no.
Hoy hace 34 años que nací. Cumplo años, y hoy hago un paréntesis en mi apretada agenda de escritora suicida para anunciarlo al mundo (o a la docena escasa de personas que me leéis normalmente). Cumpleaños extraño porque me falta alguien, pero mi día al fin y al cabo. He intentado madrugar un poco para alargar el día, pero me ha vencido el sueño. Aún así, esta mañana me sobra tiempo.
Voy a por pastas. Os guardo una si la pedís amablemente.

Escribo, luego existo

Este mes va a ser duro. Muy duro.

Estamos a cuatro de noviembre, lo que significa que llevo cuatro días haciendo el NaNoWriMo dichoso. Cuatro días en los que, después de terminar el tema de semántica y lexicografía de la lengua inglesa o de pensamiento y creación literario en el siglo XX, me siento al ordenador, más dormida que despierta, y escribo alrededor de dos mil palabras. Dos mil palabras los dos primeros días, porque al tercero ya me he conformado con mil quinientas y hoy he pasado justita de las mil. Pero es que no puedo más. Que ha sido un día muy largo, aunque aún no sean las nueve de la noche. Que tengo sueñito, y hambre, y el gato reclama mi atención.

¿Cómo lo hacen los escritores serios que tienen un trabajo aparte (o sea, el ochenta por ciento de los escritores en el mundo)? ¿Cómo trabajas ocho horas diarias y luego llegas a casa y lidias con las exigencias de un editor, y de una fecha de entrega, y de una sesión de firmas? Yo apenas puedo dedicarle una o dos horas al día, no porque no tenga tiempo (puedo hacer tiempo, no tengo excusas), sino porque no me quedan fuerzas. Escribir una novela en un mes... A quién se le ocurre...

Me voy a cenar (temprano) para poder meterme en la cama (temprano). Soy dormilona y remolona, qué le vamos a hacer. A otros les huelen los pies.

Experimentando con las palabras

(Ojo: esto no pretende ser ninguna llamada de atención ni tirón de orejas a nadie. No es necesariamente representativo de lo que yo pienso, simplemente estoy jugando un poco para tratar de crear un personaje y me ha gustado lo que me ha salido, por eso lo comparto. Que nadie se mosquee.)

Apadrina a un niño.
Por menos de un euro al día, un chaval (o chavala) podrá comer un plato de plasta de arroz templado por el sol del desierto.
Apadrina.
Campañas y campañas de curas con ropa de paisano en el televisor, sólo en diciembre, cerca de Navidad, porque como todo el mundo sabe las ayudas sólo se necesitan en Navidad. El resto del año los niños comen de puta madre y ninguno muere de disentería.
Apadrina.
Vete lejos, tan lejos como puedas, y deja que te manden la foto de un niño sonriente –o niña-, siempre guapo –o guapa-, con todos sus dientes –o dedos-, mofletes rechonchos que no necesitan más que un euro al día para mantenerse así de hermosos.
Apadrina.
Hínchate de orgullo y di a tus amigos que haces el bien por el mundo, que gracias a ti un poblado ha conseguido su pozo de agua, que si no fuera por tu euro al día (365 al año, uno más si es bisiesto) un niño moriría de hambre allá donde Cristo dio las tres voces.
Apadrina.
Y, sobre todo, olvídate de todos aquellos que no tienen un euro para mantener esos mofletes tan rechonchos y brillantes, ignora a la mujer que pide en la puerta de la iglesia porque seguro que lo suyo es vicio, tira ese filete a la basura porque está duro, cómprate ropa nueva de temporada y un nuevo armario donde meter eso que ya no te pones. Y juega con la PSP, o la Nintendo, o la Wii, y cágate en el vecino de abajo porque ha vuelto a aparcar su Mercedes demasiado cerca de tu BMW y no vas a poder abrir la puerta sin rozar la columna.
Pero apadrina. Apadrina siempre.

NaNoWriMo


Y llegó esa época del año en la que me pongo pesada con el dichoso NaNoWriMo, y este año más que nunca porque voy a participar por segunda vez en mi vida. Y esta vez espero hacerlo bien y conseguir cumplir con las 50 000 palabras, que no serán ni con mucho una novela completa pero me pondrán en el camino correcto. Unas doscientas páginas si consigo cumplir el reto... Vaya que si me pondrán en el camino correcto.
(Vale, así entre nos, ahora que no nos oye nadie... Ya he empezado, porque la historia me quemaba los dedos y pedía ser contada, pero prometo no hacer trampa -al menos ninguna más- y empezar desde cero el uno de noviembre; o sea, que tendré que escribir 50 000 palabras aunque ya tenga 10 000 escritas. Qué ilu, oye, ya tengo 10 000. Que no cuentan para el NaNo, pero cuentan para mí.)

Sueños

Hoy he soñado que comía chocolate.
Cuando me he despertado, tenía un gigantesco grano en la barbilla.
¿Dónde estaría yo si todos mis sueños tuvieran consecuencias?

3500

3.500. Es el número de concursos literarios que hay en España al año, y cada año hay más. Muchos de ellos en internet, unos pocos sin más premio que el de la honrilla, algunos de ellos tan trucados como el Planeta, pero otros cuantos, la mayoría (quiero pensar), perfectamente accesibles si se tiene algo de talento.
Tres mil quinientos... Y yo trabajando a tiempo completo y con las horas de escritura contadas...

Domingo

Domingo. Todo cerrado. Fuera, un frío de mil demonios (pero sol, mucho sol). Lo único que hay hoy es tiempo. Horas y horas para mí sola. Me he pasado casi tres terminando los trabajos de literatura (Henry James, H.G. Wells, Oscar Wilde) y ahora voy a leer el libro que tengo que terminar para el siguiente tema. Una bolsa de pipas y A passage to India. Todavía queda mucho día.

Y he empezado la novela (que no era una historia corta lo que me daba miedo empezar, sino un pedazo de historia, un novelón, un dramón), aunque todavía con algo de susto en el cuerpo. Pero he hablado muy seriamente conmigo misma y me he dicho que basta de tonterías, que hay que seguir en la brecha, que cómo sabré si valgo si no me lanzo a la piscina. Así que hoy he madrugado y he escrito cuatro páginas. Ayer cayeron otras cuatro. Voy avanzando.

Gracias a todos por los ánimos. Me han venido de perlas, de verdad. Espero poder seguir trabajando un poco más en este día lleno de tiempo.

Miedo


Tengo una historia en la cabeza. Una historia que me ronda, que se cuela en mis pensamientos cuando menos lo espero, que se va formando y va creciendo a medida que pasan los días y le dedico tiempo. Lleva años ahí, pero nunca le he hecho demasiado caso. Ahora ella pide paso. Tengo que escribirla.

Y me siento incapaz. No me atrevo. He descrito a los personajes (que ya tienen más vida que yo misma, y vaya vida), he delineado la historia (pobres, qué futuro les espera), he buscado información en internet sobre todos los puntos que tengo que tener claros, pero aún no he puesto la primera palabra de la historia en el papel. Demasiada presión. Demasiada información. La historia es demasiado buena y tengo miedo a cagarla y convertirla en una porquería.

No sé si conseguiré vencer mi miedo y escribirla al fin. Sería una pena que no lo hiciera y se quedara solo en mi cabeza, porque es una buena historia, pero nunca podré hacerle justicia y nunca podrá ser tan buena como lo que está en mi interior. Pero claro, si ni siquiera soy capaz de que este post tenga el aspecto que había imaginado antes de escribirlo, ¿qué puedo esperar de una novela?

Y aún así, no me queda otra que intentarlo, porque me está volviendo loca. No puedo concentrarme en el trabajo, utilizo mis horas libres para buscar información en internet, no puedo estudiar, el mundo exterior ha perdido su encanto... Sin embargo, cuando me siento frente a la pantalla en blanco, los dedos se me paralizan. Soy incapaz. Y no es bloqueo de escritor. Es miedo.

Estoy aterrorizada. Y no me gusta nada esa sensación.

Caperucita Roja

Caperucita cogió la cesta que su madre le tendía.
-Llévasela a tu abuela y no te entretengas por el camino.
-O sea, que nada de coger flores.
-No, ni se te ocurra.
-¿Puedo perseguir un rato a las mariposas?
-Eso entraría en la categoría de entretenerse, cariño.
-¿Puedo tomar el camino largo y pasar por el río a ver a los ciervos bebiendo?
-No. Ve directa a casa de tu abuela y vuelve enseguida.
-Vale. Entonces iré por el atajo.
-¡No! -gritó su madre, tan fuerte que Caperucita estuvo a punto de dejar caer la cestita-. ¿Pero es que no te acuerdas de lo que pasó la última vez? No te salgas del camino, pero espabila.
-Vale, mamá.
Caperucita salió de la casa y saludó con la mano a su madre mientras se alejaba. En cuanto la perdió de vista, torció a la derecha y tomó el camino al bar El Leñador. Se sentó en una banqueta junto al Lobo Malo y pidió una cerveza helada.
-Dios, qué harta estoy de mi madre -dijo, mientras se quitaba la caperuza y una melena rubia le caía por la espalda. Encendió un cigarro-. Treinta y cinco años mandándome hacer el mismo puto viaje todos los viernes por la noche, oye. Tengo unas ganas de que me toque el piso de protección oficial...
El Lobo Malo se fijó en la cestita y sonrió.
-¿Otro botellón?
Caperucita asintió.
-Esa vieja nos entierra a todos. Que se ha quedado corta de ginebra, dice. Con lo alto que tiene el azúcar.
El Lobo Malo soltó una carcajada y apuró su pinta.
-Anda, vamos, que tengo el todoterreno aparcado aquí enfrente. Te llevo.
-Gracias, macho, te debo una, no sabes lo que pesa la puta cesta.

Otra de peluquerías

Ayer fui a la pelu (y esta vez no cogí el Cosmopolitan, ya estoy escarmentada), y salí pareciéndome a esta (excepto en lo de la cara de mala hostia):



No me quejo, me gusta el look, pero ahora voy a tener que cambiar el Mii de la Wii...

Hugh se sincera



Cariño mío, corazón, pichoncito mío de mis entretelas, ¿a estas alturas de la película (romántica, por supuesto) te me vienes a confesar? Pues toma mi hombro, tesoro mío, cielín, y llora, llora, que ya estoy aquí yo para aguantarte por muy cabrón que te hayas dado cuenta que eres.

Que la fama le ha vuelto un hombre creído, orgulloso y consentido, dice. Que el dinero le ha convertido en un monstruo. Que paga a la gente para que se ría de sus bromas, aunque yo más bien creo que lo hace para poder creer que no se ríen de él, sino con él. Dice que tiene que tomar una copa de champán (del bueno, claro) para enfrentarse a los periodistas cuando va de promoción. Si ya decía yo que tenía cara de tímido. Si se le ve a lo lejos que en realidad él es muy cortado, un hombre normal y corriente, que sale con mujeres espectaculares por puro márketing, pero él en realidad todavía alberga sentimientos por la chica que le gustaba en el instituto y a quien nunca le dijo nada por no atreverse. Dice ahora que no le gusta en lo que se ha convertido, un hombre maniático e insoportable. Chico, con lo fácil que lo tienes: dona tu fortuna a la caridad, y verás qué rápido se te endulza el carácter. Te lo dicen millones de mileuristas (o milibristas, que ya sabemos que vosotros los británicos sois muy vuestros).



Ahora, lo que no te perdono es eso de que necesitas que te laven las fundas de las almohadas siete veces con detergente no biodegradable. ¿Qué te ha hecho el planeta? ¿Y qué te ha hecho el pobre que trabaja en la lavandería del set de rodaje, que vaya paliza se tiene que dar como tenga dos como tú? Lo de lavar la funda del edredón todos los días lo entiendo más, porque conociéndote... Ay, Hughín, cariño mío, quién te pillara para ponerte firme... Te iba yo a quitar la grandeza en dos días.

(Y creo que este año sale peli suya. Con Sarah Jessica Parker, nada más y nada menos. Que no me la pierdo, vaya.)

Plantar un árbol

Plantó un árbol, pero una tormenta se lo llevó a los dos meses. Nunca llegó a ser un árbol adulto.

Tuvo un hijo que la llenó de alegría, pero el niño murió a los diez años a causa de un macabro accidente con un enchufe mal pelado. Ya era demasiado mayor para tener más hijos.

Escribió un libro y lo publicó, pero lo leyeron diez personas. Nunca vio su nombre impreso en la sección de novedades literarias de ningún periódico.

Intentó suicidarse, y eso le salió bien a la primera. Por fin algo de lo que sentirse orgullosa.

Carmesí

Palabra que me saca de quicio: carmesí.
¿Quién llama al rojo carmesí?
Y que no me venga nadie diciendo que no es rojo, que es otro tono distinto. Carmesí es rojo, igual que el bermellón. La sangre es roja. Si quieres decir rojo, di rojo. Carmesí. Qué chorrada.
Hay que ser hortera, leche.

Violencia de género

Leo en un blog de una escritora estadounidense (leo a tantas que ya no sé quién es quién) un post pidiendo ayuda para las mujeres maltratadas de su país. Empieza bien, contando el caso de una mujer australiana que por fin ha denunciado a su padre después de tener tres hijos con él; alguien la animó a que lo hiciera y la gente (mujeres, curiosamente) la acusa de metomentodo. Que tenía que haber dejado las cosas como estaban. Que ya había pasado mucho tiempo y no hacía falta remover la mierda. Que total para qué, no merece la pena. La autora del blog da las gracias a la metomentodo. Yo también.

Pero luego a la autora le da por ofrecer una serie de curiosas estadísticas. No el hecho de que, en el mundo, una mujer es maltratada cada quince segundos. Eso no me parece curioso, me parece escalofriante. Lo que apunta la autora es una lista de los gastos que la violencia doméstica y las agresiones sexuales acarrean a la sociedad americana, los billones de dólares que se pierden o se dejan de ganar porque las víctimas no pueden ir a trabajar o necesitan atención médica, los días laborables perdidos. Menciona la crisis, el hecho de que cada vez más hombres violentos van a golpear a sus mujeres por el estrés laboral, por la situación económica adversa. Sólo una estadounidense puede pensar en dinero cuando habla de violencia contra las mujeres, pienso, pero luego me doy cuenta de que la mayoría de sus lectoras son, probablemente, estadounidenses también, y que la única manera de llegar a estas personas es mentándoles el poderoso dólar. Me parece triste, pero no puedo dejar de admitir que es efectivo.

Para terminar el post, la autora da una serie de opciones de voluntariado y acciones varias que uno puede llevar a cabo para ayudar a estas mujeres. Me dan unas ganas terribles de buscar el refugio de mujeres más cercano y hacer algo, pero sé que se me va a pasar enseguida, que en cuanto mi cabeza se asiente un poco y deje de pensar en el que me falta se me quitarán las ganas. Aunque ahora mismo siento que debería hacer algo porque odio sentarme y limitarme a pensar. Valiente feminista estoy yo hecha, querer ayudar al prójimo sólo para beneficio propio.

Si a alguien le interesa leer el post en su versión original, id a http://www.murderati.com/blog/2009/9/20/i-dont-care-what-you-do-do-something.html, y aprovechad para leer el contenido anterior si es que os gusta la novela de misterio.

Descubre el error

Reunión de becinos el viernes, 11 de septiembre, a las 8 de la tarde. Temas a tratar: limpieza de escalera y hotros.

¿Alguien lo ha descubierto? ¿Alguien lo ha visto? ¡Sí! ¡Exacto!

¡¿A QUIÉN PUÑETAS SE LE OCURRE PONER UNA REUNIÓN DE VECINOS UN VIERNES A LAS OCHO DE LA TARDE?!

La muerte de mi padre



Mi padre murió el jueves a las ocho de la mañana, sedado y acompañado por mi madre y por mí hasta el final, hasta que dejó de respirar. No sufrió en sus últimas horas, aunque los dos días anteriores a la sedación lo pasó mal. Antes de que lo sedaran, no reconocía ni a su mujer ni a sus hijos. La morfina, es lo que tiene.

Iba a escribir que mi padre era un hombre lleno de vida, pero me parece una gilipollez porque no creo que haya personas con más o menos vida en el cuerpo (¿cómo se mide la vida, en litros por metro cúbico?). Lo que sí se puede decir de mi aita es que vivía con ganas, con avaricia, disfrutando de cada momento y riendo hasta el final. Su última palabra, cuando ya no podía ni fijar la mirada en un punto fijo, fue un sonoro "tomaaa" después de tirarse un no menos sonoro pedo. Le define. Me encanta tener ese recuerdo de él.

Nos queda el consuelo de que murió sin dolor, que murió acompañado, que le cuidamos, le mimamos y le dimos todo lo que necesitó a cada paso de la enfermedad. Hemos tenido suerte, nos dicen los médicos, porque la agonía del cáncer de esófago suele ser horrenda y mi padre no pasó por eso; es un cáncer que mata en tres meses y mi padre vivió más de un año desde que le diagnosticaron. Sus vecinos no se lo creen. "¿Pero cómo puede ser, si estaba perfectamente hace un par de semanas?" Quería pintar la terraza y cambiar los baños. Le habíamos pedido una cama articulada, para cuando llegara el momento de pasarse todo el día en la cama. No llegó nunca. Se nos fue sin darnos cuenta.

Ahora tenemos que aprender a vivir sin él, sobre todo mi madre, que lleva más de treinta y seis años dependiendo de él para todo. No tengo edad para ser huérfana, y mi hermano menos, que aún no ha cumplido los treinta. No es justo. Pero sé que ya no tengo que preocuparme porque mi padre se ahogue por la noche, que no tengo que ir con el corazón en un puño a casa o al hospital, pensando en cómo me lo voy a encontrar. Él descansa. Nosotros tardaremos un poco más.

La vida ahora mismo me parece una broma de muy mal gusto.

Espera

Nadia estaba de pie a medio metro de la mesa de la cocina, donde descansaba el teléfono móvil. Lo miraba con ansiedad, como se mira algo desconocido que se teme sea peligroso. No se atrevía a acercarse a él. ¿Y si sonaba justo cuando lo cogía en su mano? O peor, ¿y si no sonaba?
Sin apartar la mirada del aparato, se sentó en una silla de Ikea que cojeaba ligeramente. Entrelazó las manos en el regazo, la espalda muy recta, y esperó. ¿A qué esperaba? Ya no lo sabía ni ella. Llevaba tanto tiempo haciéndolo que se había convertido en costumbre. Esperar una llamada. Esperar un autobús. Esperar en la cafetería de enfrente de la oficina. Siempre esperando. Ella nunca hacía esperar a nadie, sabía lo desagradable que era. Cuando llegue te llamo, solía decir, para evitar molestias.
Pero él nunca hacía eso. Espérame despierta, le decía siempre, si te encuentro dormida me voy. Y ella se mantenía alerta hasta las tres de la mañana a base de cafés y Red Bulls, todo para que cuando él llegara pudiera acostarse a su lado y quedarse dormido al instante. Ella se quedaba mirándole, atiborrada de cafeína, imposible dormir, y entonces sonaba el despertador que había puesto para él y se marchaba a trabajar. Ella se daba una ducha y llegaba a la oficina agotada. Pero le merecía la pena. Todo merecía la pena con tal de pasar una noche junto a él y quitárselo a ella.
Llevaba media hora sentada en la silla, la vista fija en el móvil, cuando por fin sonó. Contestó todo lo rápido que pudo sin mirar siquiera quién era. No podía ser nadie más. Era la una de la madrugada, nadie la llamaría tan tarde.
-Lo siento. No he podido hacerlo. Está embarazada.
Nadia colgó sin decir nada. No había nada que decir. Le había dado a elegir y él había elegido, así de sencillo. Lo malo era que se había equivocado en su elección.
Se levantó de la silla, cogió las llaves de su coche y salió a la calle sin chaqueta a pesar del frío de noviembre. Anduvo las tres calles que le separaban de su Opel Astra, abrió la puerta con el mando a distancia y se montó. Le costó cuatro intentos meter la llave en el contacto, pero por fin arrancó. El coche enfiló la calle hacía el puerto de carga. Nadia no conducía, se dejaba llevar por la inercia de su propio coche, era la máquina quien guiaba a la mujer. A lo lejos, acercándose, vio los contenedores de carga. Sabía que detrás estaba el mar. El volante giró lo justo para esquivar los contenedores. El coche saltó del muelle al agua como en las películas, recorriendo al menos veinte metros en el aire antes de caer. Nadia cerró los ojos. Ni siquiera luchó por respirar cuando sus pulmones se llenaron de agua.
Ya no esperaría más. Por nadie.

Talibán feminazi

Pues resulta que estaba yo toda aburrida en el hospital el otro día (ya le han dado de alta, todo bien, gracias) y se me ocurrió leer un articulillo de Pérez Reverte en la revista que acompaña a El Correo los sábados o domingos. Hablaba de tontos, de tontos del haba, de tontos españoles y castizos, y me estaba haciendo gracia, hasta que llegué a una frase que me mosqueó: "para que no se ofendan los talibanes feminazis, tontos y tontas". Me descolocó. De la sonrisa de mi cara, pasé a expresión de mosqueo.

De ahí en adelante, el artículo fue cuesta abajo y terminé con las manos cerradas con tanta fuerza alrededor de la revista que me dolían los nudillos. Según el personajillo este -porque me niego a llamar señor a un hombre que insulta con tanta libertad-, todos aquellos que nos esforzamos en hablar un lenguaje no sexista en la medida de lo posible somos, como mínimo, tontos del haba, cuando no talibanes feminazis (perdonad la redundancia, pero es que estoy tan alucinada con el término que no puedo dejar de utilizarlo). O sea, que el que yo me esfuerce en decir "la médica de cabecera" en lugar del gramaticalmente incorrecto "la médico de cabecera" es ser tonta del haba. Que yo diga "hecho por el ser humano" en lugar de "hecho por el hombre" me convierte en talibán. Qué ironía, encima, que utilice como insulto una palabra que representa vejación de derechos para las mujeres, violencia gratuita contra ellas, anulación de la personalidad y un largo etcétera de barbaridades contra más de la mitad de la humanidad. Qué valor el suyo al tacharnos de nazis, cuando precisamente los jefazos máximos de campos de concentración y demás barbaridades hechas por los nazis eran hombres (¿alguien podría mencionar a una mujer envuelta en ese tema?, seguro que las hay, pero yo no estoy muy puesta).

Este personajillo insulso, este tonto del haba, parece olvidarse de que todavía hay en España (y no digamos en Afganistán y países similares) mujeres sin derechos sólo por ser mujeres, mujeres que cobran menos, mujeres apaleadas, mujeres a las que se les ha hecho creer que son inferiores por haber nacido con tetas. Por supuesto que en España las mujeres viven mejor que en otros sitios, pero no es gracias a talibanes machinazis como el autor de este artículo; quizás a él no le parezca importante que el lenguaje no sea sexista, pero a mí me parece fundamental porque me siento excluida en mi propio idioma. Si hay una opción que incluye a ambos sexos, ¿por qué no usarla? Sí, puede que haya cosas más importantes en el mundo por las que preocuparse, pero lo mismo dijeron los hombres del siglo dieciocho cuando las mujeres empezaron a exigir sus derechos: asentemos primero el de los hombres (los machos, se entiende) y luego ya nos preocuparemos de vosotras. No me da la gana. Somos importantes. Sin nosotras, ellos no existirían (vale, y nosotras sin ellos tampoco, pero me entendéis). Exijo que se diga médica, que se diga "la fotógrafa" y no "la fotógrafo", como leí el otro día, que se nos tenga en cuenta en el lenguaje, que no se masculinice. La mujer está avanzando mucho más rápido que la sociedad y eso se nota en el lenguaje, que se ha quedado anticuado y machista. Actualicémoslo. Pongámonos al día.

Y si esto me convierte en una talibán feminazi (¿no os pone los pelos de punta el término?), que así sea. Y a mucha honra, oiga.

Stop.

Nada nuevo que contar. Stop.
Mi verano llega a su fin. Stop.
Me he pasado los mejores quince días del año encerrada entre cuatro paredes. Stop.
Estoy hasta los cojones de los hospitales. Stop.
No me dejan donar sangre, y eso que quería conseguir puntos kármicos. Stop.
La semana que viene trabajo con niños de 4 a 7 años. Me va a dar algo. Stop.
Estoy vaga. Stop.
Me voy.
Stop.

Rutinas

Soy una persona de rutinas muy marcadas. Tengo mis horarios, hasta cuando estoy de vacaciones, e incluso mis momentos de asueto tienen su momento y su lugar. Soy así de control freak, qué le vamos a hacer, si no tengo un orden me pierdo.

Esta semana, ese orden se ha visto alterado. Otro ingreso hospitalario que me obliga a madrugar más y a sacrificar (muy gustosamente) esas mañanas que dedico a escribir. Pero sigo queriendo ser escritora, sigo con mis sueños de grandeza, así que me trago mi "yo por las tardes no puedo escribir" y me siento un par de horas a la caída del sol, antes de cenar y perder el tiempo frente a series ya vistas, y escribo, y me sorprendo al ver que soy tan capaz de escribir por las tardes como por las mañanas, que la cantidad y la calidad son las mismas y que la que controla la escritura soy yo, no al revés.

Enrique Páez dice que para ser escritor hay que escribir todos los días mil palabras, pero todos los días del año, sin excepción. Me pregunto qué dirá de alguien que escribe dos mil palabras diarias los meses de verano y que se pelea con tres o cuatro mil a la semana el resto del curso. ¿Seré también escritora? Supongo que me da la media. Espero.

Fiestas


Las fiestas de Vitoria "solo" duran seis días, pero yo para el tercero ya estoy cansada. Y no es que sea de las que trasnocha, que allá quedaron los tiempos en los que veía amanecer con un chocolate con churros frente a mí, pero hay que salir, y se sale hasta tarde (las dos, las tres, para mí eso es tarde), y luego una se levanta al mediodía sin ganas de hacer nada, sin hambre, cansada. La mañana ha desaparecido, la tarde se pasa entre charangas y música bajo mi ventana y llega la noche otra vez, y los fuegos, y los conciertos.

Me estoy haciendo vieja, o una jodida ermitaña. Solían encantarme las fiestas, sobre todo cuando no podía estar en ellas. Recuerdo el mes de agosto en King City, y la tremenda morriña que me daba pensar que era cuatro de agosto y yo no estaba en la bajada de Celedón. Miraba el programa de fiestas y me mordía hasta los nudillos por perdérmelo todo, muerta de envidia, recordando las verbenas y los bares a rebosar de gente de fuera. Y ahora que estoy aquí, me supone un esfuerzo ir a ver los fuegos.

Estas son las últimas fiestas de un ciclo, quizás sea eso lo que las está haciendo incómodas. El año que viene las viviré de otra manera, no sé si peor o mejor. O quizás no las viva, porque haya decidido marcharme a algún lado. Que es lo que tenía que haber hecho este año de haber podido. Pero no podía. Hubiera sido como huir.

Desvarío. El escenario de debajo de mi casa atrona con las voces de los payasos. Mi calle está llena de niños. Me voy a tomar un café, a ver si termino de despertarme.

Última obsesión

Y como el verano es muy largo y da para investigar muchas cosas y recordar viejos éxitos, ahora me ha dado por un grupo que no por conocido me gusta menos. Hace años que me compré los grandes éxitos de los Barenaked Ladies, pero es ahora, cuando el mundo alrededor parece un poco más oscuro, cuando aprecio el humor de sus letras y la alegría de sus canciones. Para muestra, un par de botones:



Reto a cualquiera a que trate de cantar esta canción sin leer la letra.



Un regalo para los oídos.



Simple divertimento.

¡Y a disfrutar!

Semana de novela negra de Gijón. Cristina Fallarás

Gijón fue toda una experiencia. Sólo estuve dos días, pero me envolvió el ambiente de escritores pululando por las carpas, las tertulias y las presentaciones (sólo anduve por la zona de los libros, no me apetecía perderme en la feria de churrerías y norias gigantes). No sé qué esperaba de la feria; de hecho, creo que no tenía ninguna expectativa previa y, simplemente, me dejé engatusar por todo lo que veía. Fue un acierto.

Del listado de autores que iba a ver allí, sólo conocía -para mi vergüenza- a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro, así que me dije que era tan buen momento como otro cualquiera de encontrar algún gran talento. Pocas presentaciones me tragué enteras, pero hubo dos que me engancharon desde el principio. De Juan Bolea ya hablaré en otro momento. Hoy le toca el turno a Cristina Fallarás.



No voy a mentir. Me llamó la atención por ser una de las dos mujeres que lidiaba en una tertulia de hombres. Me llamó la atención por su melena pelirroja, sus ojos verdes (o azules, no la vi tan de cerca) y su manera compulsiva de fumar un cigarrillo detrás de otro. Tenía todo el aspecto de una femme fatale de las antiguas películas de gángters, con su vestido ajustado y taconazos altos; era la imagen de escritora de novela negra, me sorprendí pensando que no había otra profesión a la que esta mujer pudiera dedicarse (y sí, ya sé que es periodista). El hecho de que Carlos Salem, que también me había enganchado con sus intervenciones en la tertulia minutos antes, fuera quien presentara el libro de Cristina, sólo añadió interés al asunto.



Así murió el poeta Guadalupe es un monólogo. A la redacción de un periódico llega una extraña cinta que contiene una entrevista; la entrevistadora ha borrado su voz y sólo oímos una voz femenina que cuenta la historia de su vida, una vida que transcurre en los últimos años de la dictadura franquista. Se nos habla de torturas, de hombres ilustrados que vienen del otro lado del océano, de un mundo casposo y rancio al que se le da un poco de luz a cambio de un precio muy alto. Carlos Salem dijo que el libro le había dado miedo al leerlo, e inmediatamente supe que me lo iba a terminar comprando. Ayer, día de tormenta, me senté a leerlo después de comer y me levanté tres horas después, el libro terminado y la boca abierta no sé si de sorpresa o de horror, o quizás las dos cosas.

A mí no me dio miedo. Me dio angustia, que no es lo mismo, me dieron ganas de apalear a alguien y devolverle el daño hecho a los demás, pero miedo, lo que se dice miedo, no. Es un libro que se lee a página por segundo, que te agarra desde la primera palabra y no te suelta, porque quieres saber qué pasó en la casa de El Escorial, y quieres saber realmente a qué se dedicaba Santabárbara (aunque es fácil olérselo desde el principio), y saber qué horrores ha vivido la pobre mujer de la cinta, que nunca menciona su nombre. A unas veinte páginas del final, toda la historia da una vuelta de ciento ochenta grados y nos encontramos con que tenemos que reajustar todo lo que hemos leído hasta el momento, que hay que ajustar toda la información que hemos recibido a la vista de nuevos datos. La última página es, sencillamente, magistral. Me dejó los pelos de punta, no por miedo, sino por el gran manejo de información y esa manera que tiene Fallarás de contarlo todo sin decir nada.

No he buscado nada de esta autora, más allá de hacer una búsqueda superficial de su nombre en Google, pero sé que a partir de ahora estaré atenta a su nombre en las librerías y que trataré de leer más de ella (tanto que leer y tan poco tiempo... Qué agobio). El libro va a formar parte de mi colección de favoritos, en un lugar especial por ser el único que está dedicado a mí, sin faltas de ortografía y sin llamarme Cruz. Qué ilusión que sea precisamente este, jopé.