Ni que una estuviera depre, oye
Podría contaros mi vida, pero se resumiría en un "hoy he ido a trabajar, he comido, he vuelto a trabajar y me he ido a casa". Ya tá. No me pasa nada emocionante. Lo que no tiene porque ser necesariamente malo, porque el año pasado por estas fechas estaba la mar de ajetreada y no era nada bueno. Así que virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
Podría hablaros de mis niños, pero me da la sensación de que estáis hasta el moño de ellos porque no hablo de otra cosa (y eso que no soy madre; ay si fuera madre). Podría hablaros de J., mi niña con síndrome de Down, la más guapa y la más lista de su clase, que me da la mano para ir a la clase de inglés porque su psicomotricidad no es muy buena y le cuesta subir a escaleras. Podría hablaros de mis gemelos de cuatro años, que cantan y recitan en inglés como si llevaran haciéndolo toda la vida, cuando han empezado este año. Podría hablaros de mis monstruos del año pasado, que me saludan con un "hello, how are you" cuando me ven por los pasillos y me hacen sonreír. Podría hablaros de tantos niños que acabaríais hasta el moño de mí.
O podría comentar los libros que leo. Podríamos hacer unas lecturas dialógicas la mar de entretenidas (por fin, algo en educación con lo que comulgo, qué ganas tenía de ir a una charla que me llenara la cabeza de ideas). Ahora mismo es White Teeth, de Zadie Smith, y me está gustando tanto que no sé a cuánta gente le he recomendado el libro. Lo único que me deprime un poco es que la autora tiene mi edad y ya está dentro del currículum de filología inglesa. Pero si no lo estoy yo es porque no me da la gana. Y, seamos sinceros, porque ni en un millón de años podría escribir como ella.
Tantas y tantas cosas... No, si al final va a resultar que no voy a tener hueco en el blog para hablar de todo lo que quiero. Ahora solo hace falta encontrar las ganas. Y el tiempo. Y un momento del día que dedicarle al digno arte de dar a la tecla.
Pero que por aquí todo bien, ¿eh? Por aquí, todo perfecto.
Diario
He ido a la delegación de educación para rellenar el Anexo I. Nadie sabe qué es eso, por mucho que me llamaran ellos por teléfono el quince de julio y yo oyera el mensaje este lunes. Mañana me llamarán al móvil. Espero. Si no, me quedo sin trienios.
De camino a casa, he oído a un chaval de unos diez años tratar de explicar a su abuela lo que era una peonza. La señora le ha cortado de cuajo: "Sí, sí, pero ¿quién era ese chico con el que estabas jugando?" Amistades peligrosas. Todo lo que se puede hacer con una peonza, madre.
Ya estoy estudiando. Tenía ganas de empezar, aunque las asignaturas de este año no son tan fantásticas como me esperaba. Novela inglesa contemporánea es mi asignatura favorita (de momento). Shakespeare está bien. Traducción, también. Literatura irlandesa en castellano con examen en inglés, no tiene sentido. Y mi libro de "Computer Assisted Language Learning" fue publicado en el '97. Creo que está un poco obsoleto. Me da a mí.
Y mañana dicen que empeora el tiempo, y yo sin ropa de temporada...
Septiembre
Mi año escolar no empieza de verdad hasta la semana que viene, pero esta que entra ya viene cargada. Luego llegarán los libros de filología, con mis siete asignaturas -tres de ellas de literatura-, y tendré que empezar a plantearme lo de las oposiciones. Y teatro. Y patchwork, que no lo dejo. Para diciembre estaré agotada, pero con la conciencia tranquila de no estar derrochando ni un minuto en juegos tontos de ordenador. Trabajo mejor bajo presión. No quiero derrochar mi tiempo.
He empezado a leer poesía. Poco, un poema al día. Empecé con Auden, una cucharadita todos los días, cuando estaba leyendo el tostón de Oricalco, pero ahora estoy con Drácula y ese libro me chupa más que la sangre, no tengo energía para nada más. En los Estados Juntitos me compré varios libros de poesía. De momento estoy con una de esas antologías para tontos, un libro con un poema para cada día de autores muy distintos entre sí, y he encontrado alguna joya. Os dejo una. Quizás, quién sabe, termine siendo lectora de poesía, y quizás, quién sabe, empiece algún día a leerlas en castellano. Qué cosas, no saber apreciar algo en tu lengua materna. Qué cosas, no saber saborear la música.
FALL
So it's today, and in the chokecherry this year:
the first leaves turn ochre, there, by the open gate.
I grab the sweater you left on a chair, wrap it
around my shoulders, and -as I did for days last year
until I couldn't keep with the season- I pick
every single rusting leaf, each fading flower
and hide them in my apron pocket: their crush
clandestine against my belly. It's a simple gift
for you -for us- such an easy thing to do
for a few more days of summer.
Laure-Anne Bosselaar
Primer día
Diez de la mañana del martes, 7 de septiembre. Padres y madres agolpados en la puerta con los niños y niñas de tres años en distintos estados de emoción. Avistamos las primeras cámaras de televisión. Hay fotógrafos. Las profesoras empezamos a coger a los niños, de uno en uno o de dos en dos, y a llevarlos a sus clases. Cuando ven que papá y mamá no les siguen, empiezan a llorar. Algunos berrean. Otros simplemente sollozan y se dejan acompañar. La mayoría dejará de llorar en breve; unos pocos se pasarán toda la mañana en un mar de lágrimas.
Hoy voy a la ikastola y me doy cuenta de que no tengo dinero suelto para el café. Me paro en un kiosco para comprar algo y cambiar, y de paso ojeo los periódicos. Mi vista se detiene en El Diario de Noticias de Álava, porque viene una foto de la ikastola en primer plano. Llego a clase. Alguien ha comprado El Correo (edición Álava, por supuesto), y me encuentro con una bata que me suena mucho en la portada, junto a un niño desconsolado. No hay duda, la andereño que da la mano soy yo. Aunque no salga mi cabeza.
Hoy he sido portada en el periódico. Por desgracia, sólo lo sabemos yo y mis compañeras.
3 de septiembre
Ayer debería haber escrito una entrada, pero sencillamente, no me dio la gana. No me gusta que el calendario me diga cómo he de sentirme.
Ayer hizo un año que murió mi padre. No fui a visitarle al cementerio. Celebraré el día de su cumpleaños, no el de su muerte. Le llevaré flores. Le gustaban las flores.
Dicen que el tiempo lo cura todo. Aún no he conseguido que nadie me diga cuánto tiempo, exactamente, hace falta para recuperarse de la muerte de un padre. Yo creo que, en vez de curarse, la herida se abre un poco más cada día, porque cada día ocurren cosas que no puedo compartir con él. Como cuando La Roja ganó el mundial. Qué feliz hubiera sido mi padre, con lo que le gustaba el deporte, ese día. Me lo imagino hablando sin cesar de los goles de Villa, y de lo grande que es ese chaval, con la cara de padre orgulloso que se le ponía cuando hablaba de un deportista joven -en cualquier deporte- que apuntara maneras. O cuando el Baskonia ganó la liga, un tres cero contra el Barcelona que nadie se esperaba. O, simplemente, las fotos de las vacaciones, que ya tiene más que vistas pero que siempre comentaba como si fuera la primera vez que las veía. Todo. Todo lo que me rodea quiero hablarlo con él, porque era de esas personas que se sentían felices con la felicidad de otros, y era fácil contagiarle lo que sentías.
Me emociono. Se me están llenando los ojos de lágrimas, y eso que he empezado esta entrada la mar de tranquila. Apenas hablo de mi padre. Hablo de su enfermedad, o lo menciono de pasada en alguna anécdota en la que participó, pero nunca hablo de él, de cómo era, porque todavía duele. Creo que dolerá siempre. No merecía morir, no tan joven. El mes que viene hubiera cumplido 68 años. No es justo.
Me he enterado de que Michael Douglas tiene cáncer de garganta. Está en estadio IV, pero sin metástasis. No han especificado en qué parte de la garganta lo tiene. Me recuerda mucho al cáncer de mi padre, sólo que al actor le están dando quimio para acabar con el cáncer y a mi padre se la dieron para alargarle un poco la vida que se le iba. Nunca lucharon por él, pero esto lo supimos luego, cuando ya era tarde y la oncóloga nos dijo que la quimio había sido paliativa. Mi padre no quería quimio paliativa. Hubiera luchado lo que hiciera falta. Si Michael Douglas se salva, le voy a odiar toda la vida. Ya sé que no es culpa suya, pero sí lo es. No merece vivir más de lo que lo merecía mi padre. Y punto.
La vida sigue. Empieza un nuevo curso, más tranquilo que el año pasado porque no estamos encerrados en hospitales, ni preparando funerales, pero es un poco extraño. Supongo que a partir de ahora todos los comienzos de curso serán extraños. Es lo que tiene, septiembre.
Y afuera el verano sigue.
Resumiendo
Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.
Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.
Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.
Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.
Y jet lag. Pero esa es otra historia.
San Francisco
Llegamos a Frisco y nos tuvimos que poner los pantalones largos, los calcetines, el jersey, la cazadora y la bufanda, y aún así hacía frío, porque por mucho que te abrigues la humedad del Pacífico te entra en los huesos y la niebla te nubla el termostato. Tratamos de encontrar un sitio donde cenar ligero después de las mini raciones del avión y terminamos sentados delante de un plato de rost beef bien cortado, con su puré de patatas y su acompañamiento de salsa grasosa, como mandan los cánones. Aquella noche dormimos como reyes en una cama que no desmerecía a la de un hotel de cinco estrellas, aunque estoy convencida de que habríamos dormido igual en una tabla rasa.
Pero, ¡horror!, a las cinco del día siguiente ya estábamos despiertos, y a falta de tiendas abiertas hicimos lo siguiente mejor: irnos a desayunar un desayuno típicamente americano. Que nos pasáramos las vacaciones metiéndonos tremendos desayunos de este pelo puede que explique el hecho de que no me valga la ropa que dejé en Vitoria, pero eso es harina de otro costal y no vale la pena elucubrar.
Y luego llegó el barrio chino, y el italiano, y el Golden Gate a lo lejos, y el Bay Bridge, que es aún más bonito que el primero pero no tan famoso, aunque no sé por qué. Y, por si hubiera hambre, nos fuimos a comer a un indio-irlandés donde las pintas estaban a seis dólares y pico y el plato de curry a cinco, para equilibrar la cuenta. El resto de la tarde la pasamos haciendo la digestión. Y paseando. Y pensando en lo cansados que estábamos a pesar de ser las siete de la tarde.
Pero qué bien se duerme en el Kensington Park, madre.
Aduana
-¿Ha estado usted alguna vez en Estados Unidos?
-No.
-¿Ha pedido alguna vez un visado para trabajar aquí?
-No.
-¿Ha venido usted antes a este país?
-No.
-Tendrá que pasar por inspección secundaria. Seguro que es un error, pero me sale alguien con su mismo nombre que ha pedido visado.
Fueron amables, y nosotros íbamos tranquilos porque sabíamos que no habíamos hecho nada y ellos sabían que era un error. "There must be a lot of tocayos out there", nos dijo el hispano que no hablaba español en la inspección secundaria. Y así fue. Después de preguntar lo mismo media docena de veces, media hora eterna tras un vuelo de doce horas, nos dejaron salir con un "enjoy your trip" al frío de San Francisco. Nos acordamos de la frase de Mark Twain: "El invierno más frío que pasé fue un verano en San Francisco". La madre que parió al pacífico y su brisa.
Regreso
Los viajes largos te recuerdan, por si te habías olvidado, que los años no pasan en balde. Antes hacía este viaje tres veces al año, y tan tranquila, oiga. Hoy me he levantado a las dos de la tarde -tras 23 horas de viaje y llegar a casa a las cinco de la mañana- y todavía no sé si debo desayunar, comer, merendar o meterme otra vez a la cama. Aparte de que tengo los tobillos como botas y me duele hasta respirar. Qué duro es hacerse mayor.
El gato bien, gracias.
Nuevo feminismo
Luego llegó una nueva tendencia. Las feministas reivindicaron su derecho a ser mujer desde lo femenino. Querían tener los mismos derechos que los hombres, pero también querían quedarse en casa con sus hijos. Querían que cuidar de los demás fuera visto como algo tan importante como traer dinero a casa, que parir fuera enaltecido como el trabajo más importante de la sociedad. Esas mujeres miraban (miran) mal a las que deciden no tener hijos, a las que no quieren quedarse en casa, a las que prefieren trabajar fuera a cuidar de los suyos. Huelga decir que entre el primer y el segundo grupo surgieron tiranteces. A todas se las llama feministas, pero no creo que existan dos grupos de mujeres más enfrentados en la historia.
Yo abogo, aquí como en todo, por el camino del medio. Mi feminismo viene guiado por la teoría de género, y va dirigido tanto a hombres como mujeres. Según mi hermano, soy lo que algunas de las mujeres y muchos hombres llaman "feminazi"; como él mismo ha dicho, me siento halagada cada vez que se dirigen a mí con este epíteto porque siento que algo estoy haciendo bien. Mi feminismo no diferencia hombre de mujer, femenino o masculino. Me gustaría vivir en una sociedad en la que el hecho de mear de pie o sentada no marcara tu destino. Un mundo en el que los hombres puedan tocarse, abrazarse y besarse como hacemos las mujeres sin que se les tache de maricones (y no digamos un mundo en el que la palabra maricón desaparezca). Un mundo en el que no se trate de distinta manera a una niña o a un niño, en el que los niños, si les da la gana, puedan ponerse un vestido rosa para ir a clase y nadie piense nada raro. Luchamos contra el racismo, y somos conscientes de que juzgar a alguien por el color de su piel está mal, pero aún seguimos juzgando todo a nuestro alrededor dependiendo de lo que cuelga o no entre las piernas, como si eso importara lo más mínimo.
En mi mundo ideal, los hombres se quedan en casa cuidando a sus hijos (o no) y el resto del mundo no les llama mantenido, vividor o aprovechado. Las mujeres tienen la opción de ser madre o no dependiendo de sus gustos y sus circunstancias. Aquellas a las que les guste quedarse en casa no reciben miradas acusatorias de sus compañeras, y las niñas que son hábiles y fuertes no van vestidas con vestiditos blancos llenos de florecitas con sus madres gritando que no se manchen. Los niños son delicados (o no), las mujeres son fuertes (o no), y todos y todas hacemos y somos lo que nos da la gana porque somos distintos y es imposible ser iguales, seamos hombres o mujeres. Lo único que podemos hacer las mujeres que a los hombres les está vetado es quedarnos embarazadas. En el resto de cosas, deberíamos tener todas las puertas abiertas.
Os dejo un vídeo precioso que nos pusieron en un curso de coeducación. Si tenéis un cuarto de hora, disfrutarlo, merece la pena. Ya me diréis que os parece. Y si no podéis verlo ahora y queréis buscarlo en youtube, poned "vestido nuevo" e ignorad el comentario que dice que habla de la homosexualidad en el colegio.
Semana Negra de Gijón 2010
Ya estoy de vuelta. Ah, que no sabíais que me había ido. Pues sí, me fui y ya volví. Cuatro días de viaje, pero doce horas de tren entre la ida y la vuelta, así que en realidad solo fueron dos días enteros, que saben a poco pero te dejan con ganas de volver el año siguiente, que de eso se trata. Curioso, llevé el diario de viaje que llevo siempre conmigo y, al leer la entrada de Gijón del año pasado, me encontré casi con esas mismas palabras: el año que viene tengo que venir más días. Pero no he hecho caso a mi yo del pasado. La cosa es no escuchar a mis mayores.
Este año he estado entre Gijón y Oviedo, visitando a los que fueron mis roommates en los USA antes de que se vuelvan para allá. Durante el día, playa (qué frío, madre), paseo, comida abundante y grata compañía. Y por la tarde, poco antes de la puesta de sol, Semana Negra. Ay. Suspiro. Qué gozada, madre.
He andado entre libros, libreros, autores y admiradores (y gente a la que las carpas de los escritores parecían molestarles, porque no era un tío vivo en el que montarse). En uno de los puestos de libros, el de la librería Negra y Criminal, se me ocurrió pedirle al librero que me recomendara algo para leer. "Con una condición", me dijo, "que no te sientas obligada a comprar nada de lo que te diga". Pero cómo no comprarlos, con la pasión con la que hablaba. Por dios, si se pasó media hora recomendándome libros que ni siquiera tenía; vamos, que no lo hacía por vender. Tuve la sensación de haber muerto y estar en el cielo, y aquel hombre era mi dios. Yo, que no creo en nada, encontré el paraíso en la Tierra, y se llama Negra y Criminal. Los que vivís en Barcelona, no sabéis lo afortunados que sois. Seis libros le compré a aquel librero tan majo del que no sé el nombre. Casi me pidió perdón.
También atendí a un par de presentaciones, y me perdí otras tantas que me hubiera gustado escuchar. Juan Ramón Biedma se llevó el premio del director y me firmó su libro, El humo en la botella, que tiene una pinta estupenda, y a Julio Murillo tuve que comprarle dos ejemplares de su thriller histórico Oricalco, porque me gustó tanto la presentación que hizo y el artículo suyo que leí que, aunque huele a Código DaVinci o similar (pero con más rigor histórico, seguro), tuve que comprar uno para mí y otro para una amiga. También compré uno de Willy Uribe, que andaba por la feria, pero no tuve paciencia para buscarlo y hacer que me lo firmara. El año que viene, que ese es un fijo.
Y lo mejor: igual que me ocurrió el año pasado, he vuelto con unas ganas locas de escribir. Hoy he madrugado (¡en vacaciones!) y me he pasado dos horas delante del ordenador, escribiendo. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que no encontraba ni las letras. Sigo divirtiéndome con un proyecto que no verá la luz pero espero lean algunos, y sobre todo voy entrenando el músculo. Vuelvo a ser yo. Qué ganas, madre.
Necesito ferias de novela (negra, blanca o amarilla). Necesito el ambiente que allí se respira. Necesito libros. Aparte de los veintidós que tengo en casa aún por leer.
Diario
El chantaje emocional es la más peligrosa de las armas. Usada debidamente, puede destruir decenas de vidas a lo largo del tiempo. Hay que ser muy hábil para esquivar las balas. Aprenderé alguna vez. Tengo que hacerlo, porque me están volviendo loca. Dice una amiga que acaba de descubrir su poder para cambiar las cosas que están mal en su vida. El problema viene cuando lo que está mal en tu vida son las personas. A ellas no se las puede cambiar si ellas no quieren. Tendré que cambiar yo.
Hace calor y siento que todos los poros de mi cuerpo sudan...
4 de julio
No recuerdo ningún cuatro de julio especial. Un motivo para ello es que, en los primeros años, para esas fechas yo ya estaba de vacaciones en Vitoria. Cuando empecé a trabajar en el calendario circular (tres meses de trabajo y uno de vacaciones, en lugar de todas las vacaciones al mismo tiempo), sí que me tocó estar allí durante las celebraciones. Pero aún así, no hay ninguna imagen que me asalte, que relacione con este día. Hacíamos barbacoas, sí. Y había fuegos artificiales. Pero como al día siguiente había que trabajar, tampoco se podían hacer estragos.
Aún así, este es el día que elegí para volver, para no olvidar nunca la fecha de mi regreso. Hoy hace cuatro años que dije adiós a esas tierras. Bueno, mejor dicho un hasta luego, porque no fueron en absoluto malos ratos y King City se convirtió en mi segunda casa. Soy un poco americana, me temo (un poco; solo un poco), y mal que me pese, siempre me importará lo que pase al otro lado del océano. Por eso hoy me acuerdo de ellos. No hondeo banderas, no soy de esas, pero me encantaría tener una pequeña barbacoa que llevarme a la boca, con ese sol californiano calentándome la cara y sabiendo que ahí al lado tengo la piscina para cuando me acalore demasiado. Las cosas buenas se echan de menos.
To the States
To the States or any one of them, or any city of the States,
Resist much, obey little,
Once unquestioning obedience, once fully enslaved,
Once fully enslaved, no nation, state, city of this earth, ever
afterward resumes its liberty.
Aquí sigo
El gato persigue moscas, yo persigo fantasmas. Demasiado tiempo libre (¿demasiado?, ¡eso nunca!), muchas horas para pensar. No escribo. ¿Por qué no escribo? Porque no escribo. No es bloqueo. ¿Desidia? Quizás. Rendición, le llamo yo.
La gente pasa y se va. Algunos se quedan un rato, pero al final marchan. Yo también. Como decía algún poeta, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Tengo que leer más poesía. No la entiendo. No sé disfrutarla. Una pena. Recomendadme algún poeta, anda.
Y aquí sigo, y, a pesar de lo que pueda parecer por el tono de la entrada, estoy feliz, o algo así. La felicidad va a ratos, pasa y se va, como la gente, como las cosas. Mis rutinas son fiables. No me puedo quejar.
Si algún día consiguiera volver a escribir -pero escribir de verdad, no esto-, sería feliz de verdad.
Necesidades
Ya no siento esa necesidad. Ya no siento ese impulso, ese motor que me obliga a sentarme en el ordenador y escribir, lo que sea, como sea, pero escribir. No sé si es porque he pretendido tomármelo más en serio, y entonces ha dejado de ser divertido. No sé si es que estoy cansada. No sé por qué, pero ya no necesito escribir. Leer, sí. De momento, esa necesidad existe. Me da miedo agotarla y que de repente me encuentre sin necesidades, con un verano eterno ante mí y sin nada que me impulse a levantarme por las mañanas cuando el tiempo no acompañe. Será la falta de cosas que hacer. Será que he desacelerado tan de golpe que me he parado. No lo sé.
Espero que no sea que ya no lo necesito.
Ñoñerías de un domingo por la mañana
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.
Nuestros genios
Antes sólo sabían escribir unos pocos, y esos pocos, además, solían tener los medios para dedicarse a ello sin preocuparse de poner comida en el plato. También nacían rodeados de libros y de gente culta con conversaciones inteligentes y filosóficas que nunca arreglarían los males del mundo, pero tampoco les hacía falta. Había genios en las clases bajas, claro que sí, pero sin esos medios se disolvían y desaparecían y nadie volvía a saber de ellos. Hoy nos queda Keats y algún alma desdichada más, pero son los menos. La literatura, desgraciadamente, entiende de clases. Menos, quizás, en nuestros días. Pero me cuesta pensar un nombre que equiparar al de Keats, o a Calderón de la Barca.
Hoy todo el mundo escribe. Quien más quien menos lleva un diario. Algunos escriben cuentos, o cartas que luego queman. Todos hemos escrito poemas a los quince años. La escritura -que no la literatura- abunda, pero los genios escasean. ¿Será porque ahora lo tenemos demasiado fácil y no hay que luchar tanto por ello? ¿O será porque la educación que recibimos es la peor que se puede recibir para crear genios?
La educación gratuita y obligatoria ha conseguido que el analfabetismo se reduzca a números simbólicos. Ha conseguido que niños y niñas con pocas posibilidades de aprender nada por sí solos -por condiciones socioeconómicas, por problemas cognitivos, por un millón de razones- lleguen, cuando menos, a un mínimo. Pero también coarta el genio. La educación es una talla única, donde todos los niños y niñas tienen que estar en una zona determinada, con suerte no por debajo de ella, y por desgracia, tampoco por encima. Porque a veces no distinguimos el genio del descaro, el experimentar con el ser descuidado.
Ayer, unas niñas de cinco años decidieron pintar el dibujo que les había dado poniendo plana la pintura y pasándola por todo el dibujo; luego delinearon el contorno del oso que estaban coloreando y me lo enseñaron, orgullosas. Yo, sin pensar, les dije que era una chapuza -no con esas palabras, claro-, que se habían salido de la línea, que así no se pinta. Y ellas corrieron a borrar lo que habían hecho y a utilizar las pinturas como todos los demás. Me di cuenta demasiado tarde de que acababa de hacer lo que, como estudiante de magisterio, me juré que nunca haría. Pinta por dentro de la línea. Vamos, hombre, ¿de dónde ha salido eso? ¿Cuándo me he convertido en una de esas profesoras?
Es difícil ver el genio. Supongo que hay que estar al loro, que hay que estar buscándolo todo el rato: en las palabras sueltas que escribe una niña de cinco años, en las redacciones de una de doce, en los dibujos que parecen mal hechos pero en realidad son una forma de experimentación... Me gustaría decir que soy de esas profesoras que estimulan la creatividad, pero los hechos prueban que no lo soy. Prometo mejorar. No sé si de mis aulas saldrá alguna vez un genio, pero los pienso buscar con avidez. Todo se andará.
Androginia
Estoy leyendo a Henning Mankell (sí, ese "perverso terrorista musulmán" que ahora está en la cárcel en Israel), autor que me recomendó una amiga que disfruta tanto de la novela negra como yo. He empezado con ganas de descubrir a un nuevo autor, a poder ser alguien a quien meter en mi lista de "favoritos", pero me estoy dando cuenta de que no me engancha. Al principio no tenía muy claro por qué era, pero creo que he encontrado el problema: es demasiado masculino.
("Ya está aquí la feminazi dando el coñazo otra vez. Anda, enchufa el "reader" y vámonos a otra parte.")
El problema es que no sé cómo definir esa forma de escribir, ni si estoy dando realmente en el clavo con esa palabra. Tengo que ser sincera y admitir que, cuando leo una novela negra, lo último que suele importarme es el misterio y si acierto o no con el asesino. Lo que a mí me gusta del género es su forma de retratar a la sociedad, de cómo se relacionan los personajes, de qué ocurre en la vida de cada una de las víctimas. Mankell no me deja con las ganas en ese aspecto, no me oculta datos. Pero lo único que me da es eso, datos. Me pinta un cuadro detallado, pero en blanco y negro. Y yo, ávida lectora de Elizabeth George y demás artistas del género, quiero colorines. No me vale con saber que el muerto tenía una amante: quiero saber lo que la amante siente y si el hombre la quería más a ella que a su mujer, y si todo eso me lo dices en una escena en la que el hijo de ambos llora en la lejanía, mejor que mejor.
Virginia Woolf hablaba de androginia en un escritor, y yo estoy completamente de acuerdo con ella. Para que un libro me llene, tiene que describir la realidad (¿pero qué es la realidad?, eso da para una tesis) desde un punto de vista que a mí me llegue, y yo, siendo mujer, me identifico más con el punto de vista de una mujer. Pero no exclusivamente. Middlesex y Al este del Edén siguen siendo mis libros favoritos, esos que esperan en mi estantería ser leídos otra vez, y Cien años de soledad me dejó incapaz de leer nada durante meses para no quitarme el regusto. No me hace falta que sea una mujer la que escribe, pero sí necesito alguien que describa las cosas de manera que a mí me guste. Y creo que me gusta un lado femenino, lo que quiera que eso signifique.
¿Qué pensáis vosotros y vosotras? ¿Os ha pasado eso alguna vez? ¿Me estoy pasando en mi análisis gafapastil? Por dios, sacadme de dudas, que me van a bajar el sueldo y no me llega para el terapeuta.
La voz
Durante toda mi vida adulta he buscado una voz literaria con la que me sintiera cómoda. He dado por sentado que yo no tenía voz propia, que debía formarla y educarla, y tratar de crear una voz grandiosa, válida para contar historias épicas. La novela cuyo primer borrador terminé el año pasado era uno de esos proyectos épicos que no quería afrontar porque todavía no había encontrado mi voz. Era una historia contada en masculino, desde el punto de vista de varios hombres, en los que las mujeres solo aparecían a través de los ojos de los hombres. Tenía que ser así porque así lo marcaba la historia, pero ese fue mi primer error. No puedo contar una historia a través de ojos masculinos, porque no soy hombre. Y sí, se puede hacer, por supuesto que se puede, pero creo que es mucho más difícil y es más fácil aprender a gatear que a correr maratones. Así que, después de entregarme en cuerpo y alma a terminar el borrador, releerlo y odiarlo de principio a fin, decidí jugar un poco con algo más "sencillo".
Y me puse a escribir algo que entraría en la categoría de chic lit y que durante meses he tenido aparcado porque "yo valgo más que eso, por dios, qué vergüenza, si alguien supiera...". Ya sabéis el tipo de historia: treintañera soltera, con un trabajo estupendo pero muy exigente, que se ve envuelta en un proyecto que incluye a... -puntos suspensivos porque es un personaje famoso y no quiero desvelar más-. No hay historias de faldas, no hay lío romántico, pero sí se habla de tacones, y de maquillaje, y de problemas para entenderse en un entorno no familiar, y de complicaciones entre amigas, y de cosas de las que una mujer se da cuenta pero un hombre no. Escribí algo más de veinte páginas en abril y no he vuelto a tocarlo hasta esta mañana, cuando lo he releído. ¿Y sabéis qué? Me he encontrado. Me he reído. Me he imaginado todas las situaciones que describo sin recordar siquiera que las había escrito yo. Me he visto en las palabras, en las frases. He encontrado mi voz.
Y quizás no valga dos duros, ni me permita reescribir la novela que quiero arreglar -porque sí, me gusta mucho la idea original que tuve, pero es tan difícil...-, pero al menos me permite arrancar de un parón muy largo. Hoy he escrito más de mil palabras que espero no volver a releer en un mes, porque necesito la perspectiva que da el tiempo. Me he encontrado a gusto, lo he disfrutado, he desenquilosado los músculos -cerebrales y manuales- que llevaban enquistados varios meses. Y supongo que de eso se trata. Porque, pase lo que pase, si escribo tiene que ser para divertirme, para leerlo yo y que me guste, y luego ya vendrán los demás. Pero si no soy sincera conmigo misma, nadie me creerá nunca. Y la voz, a la hora de escribir, es lo que marca a una escritora. Y si no, que se lo pregunten a Virginia Woolf.
Lo que me hace feliz
Promesas
Prometo intentar cubrir temas que os puedan interesar, pero sobre todo prometo que me interesarán a mí.
Prometo hacer todo lo que me he prometido hacer estas últimas semanas y no he hecho por la excusa de estudiar.
Prometo retomar la novela que dejé acabada en formato borrador y tratar de arreglar algo.
Prometo hacer de la escritura parte de mi rutina diaria.
Prometo no obsesionarme con nada hasta el punto de abandonar todo lo demás.
Lo prometo. Y en vuestras manos queda llamarme al orden si no lo cumplo.
(Os dejo con una canción de esas de cantar en la ducha, que me ha acompañado esta semana.)
Debilidad
Lo admito.
Soy débil.
Tengo personalidad adictiva.
Cuando era adolescente, me dio por el baloncesto. Unos años más tarde, por Harry Potter.
(Sí, el mundo al revés, lo sé.)
Ahora me da por otras cosas. Pero no un poquito, sino mucho.
No puedo dejar las cosas a medias. Tengo que acabarlas. Sea un libro, una serie, o una colcha.
(Fíjate tú, que puedo dejar de escribir a la mitad de una novela. Eso, maldita sea, es lo único que puedo dejar a medias.)
Mañana por la mañana, me levantaré a las seis de la mañana. Dormida y con un café en la mano, encenderé el televisor. Y luego me iré a estudiar y a hacer un examen.
Estoy perdida.
Están Perdidos.
Desvaríos varios de un viernes tardío.
W.H. Auden
Estaba yo buscando algo más de información sobre W.H. Auden, a quien me tengo que estudiar para el examen del día veintisiete, cuando me he encontrado con un vídeo de Youtube. Y hete aquí que, sin quererlo, me han resuelto una duda que hubiera resuelto de haber escuchado atentamente la película, pero que me ha hecho más ilusión encontrar así: el autor del poema que leen en el funeral de Cuatro bodas y un funeral, que siempre me ha encantado y nunca me había molestado en buscar.
Lo peor ha sido que, salvando las distancias (dado que es un poema romántico), ha reflejado muy bien lo que sentí el día que murió mi padre y se me ha hecho un agujero en la boca del estómago. Qué tendrá la pena que tiene que empeorar antes de mejorar.
STOP ALL THE CLOCKS
Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with the juicy bone.
Silence the pianos and, with muffled drum,
Bring out the coffin. Let the mourners come.
Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling in the sky the message: “He is dead!”
Put crepe bows around the white necks of the public doves.
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.
He was my north, my south, my east and west,
My working week and Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song.
I thought that love would last forever; I was wrong.
The stars are not wanted now; put out every one.
Pack up the moon and dismantle the sun.
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can come to any good.
No es país para zurdos.
Estas semanas he distinguido dos tipos de zurdos, y ya digo que no dispongo de datos empíricos, sino de simples impresiones. Los primeros son los niños con problemas escolares. En una determinada clase, todos los alumnos y alumnas con serios problemas son zurdos. No estoy diciendo que sean más cortos que los demás -nunca, jamás se oirá de mi boca semejante barbaridad-, pero es bien sabido que la mano que utilizamos para escribir -y usar las tijeras, que no veáis lo difícil que es para un zurdo de seis años cortar con tijeras de diestro- tiene efecto sobre un hemisferio cerebral concreto: la mano derecha sobre el izquierdo, la izquierda sobre el derecho. El hemisferio izquierdo es el del lenguaje, las matemáticas, las reglas en general. El derecho, el del arte, la creatividad, la imaginación. La música y la literatura surgen de una mezcla de ambos. ¿No sería posible que la escuela estuviera enfocada a las características del hemisferio izquierdo y dejara de lado las del derecho? Estos niños y niñas son hiperactivos y tienen un serio déficit de atención. También tienen compañeros diestros con estos problemas, pero los zurdos son mayoría. Repito, me baso en la observación no científica de una profesora con doscientos y pico alumnos, no tengo datos empíricos.
El otro grupo de zurdos es justo lo contrario. Metódicos, perfeccionistas, tienen la mejor letra de toda la clase, buenos dibujantes, formales, obedientes... Obviamente, estos me desestabilizan la teoría. No sé cuál de los dos grupos es el "normal", aunque en la ikastola se dan más de los del primer grupo que de los del segundo. Me ha parecido curioso.
¿Algún zurdo/a por ahí que quiera compartir experiencias? ¿A que no he acertado en nada?
Cuando otros lo dicen mejor que tú.
Necesidad de ficción
Me he enganchado a una serie de la que no puedo ver sólo un episodio y meterme a la cama (Flashforward, ríete tú de Perdidos, que también sigo). Y me he leído dos libros en una semana. Dos libros gordos, de los que no puedes llevar en el bolso porque pesan. En una semana. Una. Semana. También es cierto que estaba de vacaciones, pero eso no es excusa. Y no leo rápido. Es más, creo que soy bastante lenta (pero mi comprensión es perfecta, ¡ja!).
Y creo que sé por qué es. Necesito ficción a mi alrededor. Mi vida es demasiado anodina, demasiado rutinaria para llenar mi mente. Si me pasaran cosas excitantes todos los días (si trabajara en la NASA, vaya, o en el FBI, porque ya me dirás tú quién tiene movimiento todos los días), me encantaría llegar a casa y ponerme a leer un montón de datos sobre lexicografía y la confección de diccionarios. Si viviera al máximo mi tiempo, buscaría un remanso de paz en los libros. Pero, como mi vida es lo más soso que se ha descrito jamás, lo que busco es acción. En los libros, en la televisión, hasta en los periódicos. Vida. Otra que no sea la mía.
Ahora estoy con la biografía de Stephen Fry. Después llegará alguna novela negra, o quizás algo de chic lit para descansar la mente. Me esperan Paul Auster y una larga lista de clásicos que ahora no tengo cuerpo para leer. Luego... Luego llegará el verano, y las excursiones a la librería serán diarias. Que me conozco. Qué miedo me doy.
Dicen que leer es bueno y todo eso, pero creo que todo en exceso es malo. No sé cómo se mide el exceso, no sé cuántos libros representan haber leído "demasiado". Supongo que cuando dejas de hacer otras cosas para leer, es que se ha convertido en adicción. Yo todavía no he llegado a eso. Pero todo se andará.
Sensaciones o sexto sentido
Ridículo, creer que el universo me debe algo. Ridículo, creer que las cosas van a cambiar por arte de magia. No he hecho nada para merecerlo. Ni siquiera lo deseo. Bueno, eso igual sí. No sé. Quizás.
Joder, qué momento más extraño estoy pasando.
El retonno
Regreso a la rutina, al estudio, al trabajo, al gato.
Regreso a esa sensación de que yo pertenezco a otro lugar. Y a otro tiempo. Y a otro cuerpo.
Regreso, pero aún tengo la cabeza en las nubes. En lugar de refrescarme, este viaje me ha confundido más.
Pero estoy de vuelta. Al menos físicamente.
A vueltas con el runrún

Mi cabeza trabaja sin descanso (runrún, runrún, runrún), sopesando posibilidades, planeando pasos que dar. Tengo decisiones que tomar: seguir como hasta ahora o cambio radical. Tirarme a la piscina. Empezar de cero. Muchas cosas que hacer, mucho que pensar (runrún, runrún, runrún), ni siquiera duermo bien. No puedo echar la siesta y no es por el café, es porque tengo que decidirme. Sé que ya me he decidido, pero ahora, ¿qué? ¿Cuál es el siguiente paso? Mucho que hacer, poco tiempo, ¿saldrá bien? ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Por qué siempre me pongo en lo peor? Mira que soy. Qué le vamos a hacer, esa soy yo.
Runrún, runrún, runrún, cerebro a toda máquina. Vacaciones. Cinco días en Londres para seguir pensando. Cinco días que sólo van a servir para convencerme aún más.
En Vitoria hay vida (va a ser que en Marte también)

Eduardo Mendoza dio ayer una charla en Vitoria, y por supuesto, hambrienta de eventos culturales que está una, allí que me fui con mi amiga Kina. No es que yo sea incondicional de Mendoza, ni mucho menos (nada comparable con Kina, que se ha leído todos sus libros); creo que me leí "El laberinto de las aceitunas" cuando vivía en King City y, aunque me gustó, no ha sido hasta varios años después que le he redescubierto con "El asombroso viaje de Pomponio Flato". Pero era Eduardo Mendoza, EDUARDO MENDOZA, en Vitoria, aquí, a cuatro pasos de casa, y tenía que ir. Tenía que ver a un escritor de verdad con mis propios ojos. Salí de casa con tanta prisa que hasta me dejé la cámara en casa, lo que al final creo que no importó porque no vi que nadie sacara fotos.
Y lo vi, vaya que si lo vi, y le oí, y le escuché, atentamente, como se debe escuchar a alguien que sabe y no sabe que sabe. Empezó advirtiéndonos de que no iba a hablar de literatura porque él no sabía nada de literatura, que iba a hablar de "su" literatura... para acto seguido colarnos nombres como Proust, o Samuel Beckett, o Jonathan Swift. Porque él, que nunca ha estudiado literatura de manera formal, ha aprendido literatura como se debe aprender: leyendo. Yendo al teatro. Disfrutando con las palabras en todas sus formas. Nada de escuchar lo que te cuentan otros, llega a tus propias conclusiones.
Nos habló de sus comienzos, de cómo aprendió a leer con cuatro años ("y luego ya no aprendí nada más"), de la memoria, de que lo mal observador que era ("como todos los escritores", dijo, y yo respiré aliviada porque entonces quizás tenga alguna esperanza), de sus años como intérprete en las Naciones Unidas, de que hay que saber lo justo sobre escritura, saber casi nada, pero lo poco que se sabe saberlo muy bien. "He visto a muchas personas con talento echarse a perder porque sabían demasiado sobre escritura". (Con esas palabras, algo en mi cerebro hizo "clic". Pero esa es materia para otro post, no es el momento.)
Lo que más impresionada me dejó fue su teoría sobre la utilidad de la literatura. "La literatura te enseña a sentir. No es cierto que la vida te lo enseñe, la vida te hace pasar por ello y punto, pero la literatura te lo enseña". Me dejó de piedra. Una verdad tan sencilla y tan difícil de alcanzar. Una definición que he estado buscando años. Y estaba delante de mis narices. Solo que yo no soy Eduardo Mendoza, ni hablo un porrón de idiomas, ni he leído a Proust. Ni tengo su talento, claro está.
Dijo muchas más cosas. Habló de que tiene muy pocos libros en casa, que se deshace de ellos, que los libros deberían ser objetos de usar y tirar, como los periódicos. Dijo que está impaciente porque el mercado de libros digitales emerja de una vez, que no saca fotos cuando va de viaje porque ya se encargará la memoria de guardar lo que necesite y borrar lo supérfluo. Habló de cajas de vino vacías llenas de libros, de guardamuebles en Nueva York llenos de libros, de los siete libros diarios que las editoriales le mandan por si alguno le gusta y le hace publicidad... Y las docenas de personas que abarrotábamos la sala escuchábamos, en silencio, riendo de vez en cuando, sin que sonara un solo móvil en la hora y media que estuvimos allí reunidos.
Al final de la charla, varias personas se acercaron a que les firmara un libro. Yo me había traído el mío, pero estaba tan impresionada con sus palabras y su presencia que no me apetecía quedarme el cuarto de hora que, por lo menos, tendría que esperar, para una firma. Como él bien dijo, no necesito "fotos" que recuerden este momento, porque no creo que lo olvide nunca. Aunque quizás ahora me arrepienta un poco porque me encantaría tener un libro dedicado de Eduardo Mendoza.
Estoy viva
Hasta entonces, os dejo con Die Printzen, para que os desintoxiquéis de tanta canción en inglés y sepáis que en algunos sitios, besar está prohibido (o eso dicen ellos). Cuidadme el chiringuito y quitad las malas hierbas que puedan salir si a mí se me escapan, please.
Confesión
-Buenos días, hija, pero se dice Ave María Purísima.
-Ah, bueno, perdón. Ave María Purísima. Hace mucho que no me confieso.
-¿Cuánto?
-Treinta y cuatro años.
-Coño... Perdón. Virgen santa. ¿Y qué te trae hasta aquí hoy, hija?
-Pues es que tenía algo en mente y me he dicho "tira para la iglesia, que sale más barato que el psicólogo". Y aquí estoy.
-¿Y qué es eso que tienes en mente, hija?
-Oiga, no irá a meterme mano, ¿verdad?
-No, hija, no, me gustan más jóvenes.
-Coño, padre, mire que es usted guarro.
-Era una broma.
-Sí, claro. Pues verá, padre, es que creo que soy adicta.
-¿Adicta? ¿A qué? Coca, hachís, heroína...
-No, nada de eso. A los libros, me temo.
-¿Perdón?
-Soy adicta a los libros.
-Pero eso no es una adicción. Eso es... bueno, diría yo.
-Leer es bueno, padre, comprar libros compulsivamente no.
-Entonces eres adicta a las compras, no a los libros.
-No. Soy adicta a los libros. Me gusta su tacto, su olor, me gusta que sean míos, me gusta que se queden en mi casa una vez que los he leído. Soy adicta a los libros.
-Sigo sin ver el problema.
-El problema, padre, es que tengo unos diez libros en casa por leer, pero llevo semanas luchando contra la necesidad imperiosa de atacar una librería y comprar todo lo que pille en edición de bolsillo (que no está la economía para bromas). Y lo peor no es eso...
-Vale, voy a picar. ¿Qué es lo peor?
-El tipo de libros que quiero comprar.
-¿Eróticos? ¿Pornográficos?
-Siempre pensando en lo mismo, ¿eh, padre? No, lo mío es más grave. Quiero comprar libros de Christopher Moore y Marian Keyes, o semejantes. Quiero comprar libros de encefalograma plano, de esos que puedes leer pensando en lo que vas a comer al día siguiente. Verá, yo es que soy un poco gafapasta, y este súbito arrebato supone un problema para mi reputación.
-¿Qué sueles leer normalmente? ¿Qué libros tienes ahora en casa?
-La trilogía de Nueva York, La soledad de los números primos, The Road, On the road, alguno de Dickens... Esos en inglés. Y luego tengo alguno de novela negra en castellano, y El diario de Ana Frank, y alguno más que ahora no recuerdo.
-Claro. Ese es tu problema.
-¿Cuál?
-Que el cuerpo te está pidiendo carbohidratos.
-Perdone, padre, pero estamos hablando de libros.
-Ya. Pero eres como una vegetariana estricta, que sólo lee lo que se supone que hay que leer. Te hace falta un poco de diversión, un buen trozo de pan con chocolate, un batido de fresas con nata. Aligera la cabeza, mujer.
-¿Qué diría James Joyce de todo esto?
-No lo sé, pero seguro que no le entenderíamos.
-También es verdad. O sea, ¿que lo mío no es pecado?
-No hay ningún mandamiento en contra de la gula literaria. Creo que estás a salvo del fuego del infierno.
-Bah, tampoco es que me importe mucho, porque yo soy atea.
-Jodía, digo... blasfema. Voy a empezar a cobrar por dar la confesión.
-Pues se iba a quedar usted solo, padre. ¿Ha visto cómo está la iglesia? Si hay eco.
-¿No habrás visto a ningún niño de ocho a once años por ahí?
-¡Padre!
-Es broma. Reza diez avemarías y un padre nuestro.
-Pero si me ha dicho que no era pecado...
-Perdona, hija, la costumbre. Puedes ir en paz.
Cosas que una recuerda
Es curioso lo que la mente recuerda, y por qué lo recuerda. Recuerdo la ronda que hicimos, y recuerdo lo atenta que yo estaba a las respuestas. Luis dijo que Aitor era su mejor amigo, y Aitor dijo Luis. Pero antes de eso, Andoni dijo Aitor y Unai dijo Luis, y a mí me dieron hasta pena, como quien ve a alguien intentando ligar con una que ya tiene novio. Luis y Aitor eran Pin y Pon, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio. A quién se le ocurre meterse en medio. Tenían que haberlo sabido.
Cuando llego mi turno, no dudé, dije Sonia sin mirar a nadie, pero nadie se extrañó, porque Sonia y yo éramos Pili y Mili, sal y pimienta, arroz con tomate. Pasaron varias personas más y le llegó el turno a Sonia, y me recuerdo pensando “por favor, que no diga Ainhoa, que no diga Ainhoa, que no diga Ainhoa”, en un ataque de celos injustificado porque Sonia dijo Ruth casi sin pensarlo, sin darle importancia, con un tono de “joder, vaya pregunta más tonta, si todo el mundo lo sabe ya”. Y yo me recuerdo dejando escapar el aire, respirando profundamente y sonriendo, porque nadie más había dicho Ruth pero sí había más gente que había dicho Sonia, pero Sonia había dicho Ruth. Y lo demás no importaba. Ni siquiera recuerdo si alguien dijo Nagore, con el asco que le tenía yo a esa chavala, pero sé que Nagore dijo Nélida, porque era muy guapa y les gustaba a todos los chicos (Nélida, no Nagore). No sé qué dijo Ainhoa. No sé qué dijo Maider. Yo estaba demasiado preocupada con lo mío.
Qué cosas vienen a la mente de vez en cuando. Qué cosas.
28 de marzo de 1941

Un día como hoy, hace 69 años, Virginia Woolf se llenó los bolsillos de su ropa de piedras y se ahogó en el río que pasaba cerca de su casa, en Sussex. Sus restos se encontraron semanas más tarde, el 21 de abril, y sus cenizas se esparcieron en el jardín de su casa. Virginia dejó una nota para su marido que incluyo en inglés, con mi torpe traducción debajo:
Dearest, I feel certain I am going mad again. I feel we can't go through another of those terrible times. And I shan't recover this time. I begin to hear voices, and I can't concentrate. So I am doing what seems the best thing to do. You have given me the greatest possible happiness. You have been in every way all that anyone could be. I don't think two people could have been happier till this terrible disease came. I can't fight any longer. I know that I am spoiling your life, that without me you could work. And you will I know. You see I can't even write this properly. I can't read. What I want to say is I owe all the happiness of my life to you. You have been entirely patient with me and incredibly good. I want to say that - everybody knows it. If anybody could have saved me it would have been you. Everything has gone from me but the certainty of your goodness. I can't go on spoiling your life any longer.I don't think two people could have been happier than we have been.
V.'
Querido:Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez. Siento que no podemos volver a pasar por uno de esos terribles momentos. Y no me recuperaré esta vez. Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. Así que hago lo que creo que es mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos más de lo que nadie podría haber sido. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices hasta que llegó esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Ves, ni siquiera puedo escribir esto bien. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido absolutamente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decir que todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. Todo se ha ido de mí, menos la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices que nosotros.
V.
Virginia Woolf sufría de lo que hoy llamamos transtorno bipolar, o eso se cree tras analizar sus diarios y sus cartas personales. Lo más seguro es que nunca sepamos qué le pasaba realmente, por qué sufría esos ataques de euforia y después de depresión, porque los mal llamados psicólogos de la época se limitaban a recetarle "curas de reposo": meterla en un sanatorio mental, aislarla de todo y todos y obligarla a comer como un cerdo. Ella, admiradora de Freud y del psicoanálisis, no se fiaba de la nueva técnica, que, paradojas de la vida, podría haberla salvado. Está probado que sufrió abusos sexuales por parte de su medio hermano, que su padre era un tirano y que su madre murió cuando sólo era una niña. Hoy en día, su enfermedad se habría podido tratar y no habría sucumbido a la locura, como ella dice en su carta.
Según varios escritores de su época, Virginia era el alma de la sociedad literata en el Londres de finales del XIX, principios del XX. Todo el que quería ser alguien, el que aspiraba a escribir, tenía que pasar por su casa de Bloomsbury y conocerla, a ella y al resto de increíbles genios que se juntaban en la casa de la familia Stephen. No me puedo imaginar lo que debían ser aquellos coloquios que duraban hasta bien entrada la madrugada, con T.S. Elliot, James Joyce y compañía tratando de aclarar qué era el arte, qué era la literatura. Con razón se convirtió Virginia en lo que se convirtió. Absorbió todo lo que su entorno pudo darle y se transformó ella misma en artista.
De Virginia Woolf se han dicho muchas cosas, algunas falsas, otras con fundado conocimiento. Tras leer la nota de suicidio, a mí no me queda ninguna duda de que quería mucho a su marido, pero todavía hay voces que la tachan de lesbiana. Teniendo en cuenta que todas las feministas de la época tenían que ser lesbianas sí o sí (patriarcado británico dixit), no es extraño que el rumor se extendiera entonces, pero parece raro que aún se mantenga. No creo que su sexualidad importe lo más mínimo, todo sea dicho. Ella era un genio, una artista, quisiera a quien quisiera. Su A Room of One's Own se ha convertido en el único ensayo que he leído dos veces; Mrs Dalloway, aunque obviamente influenciada por James Joyce, abre la mente a nuevas maneras de contar las cosas, a nuevas formas de ver la vida. No todo el mundo puede hacer algo así. Sólo los grandes pueden.
Hoy hace 69 años que el mundo perdió una de sus estrellas más brillantes. El 28 de marzo queda, pues, grabado en mi mente como uno de los días más tristes de la historia de la humanidad.
Momentos
Una niña de seis años se acerca a mí para que le corrija el ejercicio del libro de inglés. Le dibujo su carita sonriente en el libro -nunca menospreciéis el valor de un garabato- y ella sonríe, pero no se va. Abre la boca, duda un momento, y al final me dice con un tono de voz apenas audible: "¿Sabes? Hoy es el cumpleaños de mi aita". Sonrío y le digo que le dé un tirón de orejas de mi parte. Toda contenta, vuelve a su silla. Sé que le he alegrado el día, pero no tengo muy claro cómo.
Llueve y hace viento. Mi paraguas comprado en un bazar chino se desintegra por momentos. Se suelta la tela de una varilla, la otra se dobla para el lado que no es, y de repente me encuentro haciendo malabares para poder utilizar el trocito de paraguas que aún queda intacto. De frente viene un chico algo más joven que yo. Su paraguas tiene incluso peor aspecto que el mío. Me mira, sonríe y se encoge de hombros. Yo sonrío también, es más, suelto una pequeña carcajada. Y, sin saber cómo, ese pequeño gesto me ha dejado sonriendo toda la tarde.
Son momentos, son instantes, son tonterías, pero animo a cualquiera a seguir adelante sin ellos. No se puede. Es imposible.
Cosas de cine y un sábado tranquilo.

Creo que me van a quitar el carné de gafapasta: he visto Blade Runner y no me ha gustado. Aparte de que sabía cómo iba a acabar en el minuto diez de la película, no podía dejar de reírme por la visión futurista de la historia. Sí, mucho coche volador y mucha cabina telefónica con videoconferencia, pero no fueron capaces de "inventar" el móvil, internet o los periódicos digitales. Y parece ser que en 2019, Los Ángeles va a estar lleno de chinos. Qué cosas, oye.

Sandra Bullock se ha separado de su marido. Mecachis... Con lo que me gusta a mí esta chica y lo majo que me parecía su Jesse James (no me digáis que no es el nombre ideal para un mecánico de coches, por muy televisivo que sea). Pues ahora resulta que el tonto del culo se ha liado con una modelo, o eso dicen. Y la Bullock, como cabía esperar, le ha mandado a la mierda; bueno, más bien se ha ido ella. Ya me pareció a mí raro que no diera un morreo a su maridín cuando recogió el Oscar, con lo enamoradísima que estaba al principio. Yo de mayor quiero ser Sandra Bullock. Monísima, majísima y graciosísima. Estupendísima de la muerte.

Hay como cinco nuevas películas de Alan Rickman que todavía no he visto. Si a esas les sumamos todas las viejas que no consigo encontrar porque son demasiado raras, podría pasarme un mes viendo una película suya al día. Ay. Suspiro.

No he visto la última de Hugh Grant. No me gusta cuando participa en comedias americanas, prefiero las inglesas, aunque Sarah Jessica Parker me es simpática. Intenté verle una vez en una de Woody Allen y la tuve que quitar. "Two weeks notice" sí mola, pero ahí el mérito es de Sandra. Si es que ya digo yo, que la Bullock es mucha Bullock. Que sí, que sí, que merece la pena. De hecho, creo que me la voy a volver a ver esta tarde. Eso, o estudio alemán.
(saltad al minuto 4:38 para mi escena favorita)
Vamos, que voy a ver una película.
19 de marzo
Nunca he celebrado esta fecha. Nunca le regalé nada a mi padre en este día. Se llamaba José Ignacio, así que hoy, además del día del padre, era su santo. Muchos años nos tenía que recordar el día que era. Muchas veces le miraba y le decía "y qué". No creo en fechas señaladas.
Curiosamente, hoy le voy a echar más de menos que nunca. Qué cosas tiene la vida.
Demasiadas horas
Eso quiere decir una de dos cosas: que trabajo poco o que tengo demasiadas aficiones.
Va a ser la tercera opción: ambas dos, que diría algún sabio.
Soy profesora. Tengo tiempo libre. No soy de las que se llevan exámenes para corregir a casa (a ver quién es el guapo que le hace un examen de inglés a un niño de cuatro años, aunque esa excusa sólo me vale este año). Pero también soy de las que trabaja mejor bajo presión. Cuanto menos obligaciones tengo, menos hago. Necesito rendir cuentas a alguien, aunque sea a mí misma. Las buenas notas en los exámenes de la UNED son una forma de medirlo. Mis conocimientos de alemán -todavía muy escasitos-, otro. El número de libros que me he leído este año -van seis, y sólo dos eran por "obligación" (que nadie me ha tenido que retorcer el brazo para leer a la Woolf, vaya)- también cuenta. Y luego está lo de escribir. Lo último que hago al día, porque así me acuesto y sigo dándole vueltas a la cabeza, y no veáis lo que sueña una cuando se va a la cama con sus personajes. Aquí la única vara de medir es las horas que le meto. De momento estoy entrenando el músculo. Creo que por fin he entendido que sólo seré buena si escribo, pero que necesito paciencia y una caña, que diría algún otro sabio. Ni siquiera soy capaz de elegir un género en el que moverme. Ahora me ha dado por escribir un guión. Y hasta me he apuntado al hermano pobre de NaNoWriMo y me he dicho a mí misma que antes de finales de abril lo termino. De momento, me está gustando, aunque aún no escrito ninguna escena, un guión tiene mucho de preparación previa. Pero los personajes están vivos, tienen cara, les veo. Y no me hace falta entrar en su cabeza porque les juzgo desde fuera. De momento, parece más fácil.
(De momento. Dentro de dos semanas os estaré contando cómo he mandado a la mierda el guión y me rindo ante el hecho de que nunca ganaré el Oscar, ni conoceré a Alan Rickman cuando trabaje en una de mis películas, ni conseguiré que Hugh Grant se enamore locamente de mí y se deje de ir de putas a Puerto Banús. Qué pasa, nunca dije que fuera realista.)
Así que aquí ando, liada, pero tranquila, porque sé que todo lo que hago lo hago porque me gusta. En el momento en que no pueda con algo, lo dejaré. Pero está bien estar ocupada (bueno, quizás no tanto). Está bien tener la mente activa. Me mantiene espabilada. Me mantiene viva.
Que, al fin y al cabo, es de lo que se trata.
Nada nuevo que contar
Hoy debería escribir sobre la muerte de Delibes, pero no quiero ser una falsa. Lo cierto es que yo creía que estaba muerto, imaginaos lo que sé yo de literatos. Delibes me trae recuerdos de la ikastola, del instituto, de horas intempestivas leyendo por la noche porque simplemente no podía dejar Cinco horas con Mario. Recuerdo a mis compañeros de clase rezongando por lo coñazo que era el libro; yo volvía atrás y releía párrafos enteros, y saboreaba las palabras, porque sonaban reales, sonaban auténticas. ¿Y El camino? Tendría diez u once años cuando leía las fotocopias que nos daban en sexto o séptimo, con el Moñigo y el Mochuelo haciendo de las suyas, y creo que aún recuerdo pasajes de memoria, como lo de que las heridas saben a metal cuando te las has hecho con algo metálico, pero ninguno de los dos podía explicar por qué sabían también a metal cuando te rozabas la rodilla con la grava del camino. Delibes cambió mi manera de mirar la literatura. Desde que le leí a él quise lograr escribir con esa naturalidad que él lucía. Todavía sigo buscando una voz que se parezca a las suyas, frescas, ligeras, honradas. Reales. De momento, búsqueda infructuosa.
Ahora estoy leyendo a Virginia Woolf, y mi pobre y maltrecho ego está más de bajón que nunca. Después de leer Mrs Dalloway y A Room of One's Own, me pregunto a qué juego yo, qué pretendo hacer pasando horas delante del ordenador. Leer a los clásicos es lo que tiene. Me pasó también con Henry James, aunque quizás no tanto. Con Virginia me siento diminuta. Una pulga en un inmenso desierto. En mi mesilla de noche descansa una novela de Marian Keyes que apenas he sido capaz de empezar. Después de llevar semanas de comida de chef, no me apetece un MacDonalds. Creo que voy a ir directa a James Joyce y dejaré la "chic-lit" para verano.
Nada más en mi horizonte. Todo en calma. Calma chicha.
8 de marzo

Hay gente que no entiende que tengamos un día de la mujer trabajadora. ¿Cuándo es el de los hombres?, oigo decir, sobre todo a mujeres (sí, sobre todo a mujeres). Pobrecitos, a vosotros no os celebra nadie. No se dan cuenta de que los hombres tienen el resto del año, 364 días. O quizás sean cosas mías.
No está todo hecho, ni por asomo. Las mujeres siguen cobrando un treinta por ciento menos que los hombres por el mismo trabajo. Siguen teniendo más difícil el acceso al mundo laboral. Siguen siendo las encargadas de la casa, el trabajo, los niños, el cuidado de personas dependientes... Se ha avanzado, sí, por supuesto, pero no lo suficiente. Todavía no hemos llegado.
Algunas se conforman con lo que tienen. Alguna habrá que lea esto y piense "ésta, ¿de qué se queja?" Pero me quejo. Me quejo por las que no tienen voz, me quejo por las que no pueden quejarse, me quejo por las que no saben que pueden quejarse. Me quejo por las que se conforman. Me quejo por las que me dicen que no me queje tanto. Qué le vamos a hacer, soy una quejica.
Feliz día de la mujer trabajadora. Que no se os olvide nunca que sois las dos cosas, y, ante todo, personas.
El jitanbón
-Vaya, veo que has adelantado con la bolsa. Mira, ahora sólo te falta coserle una tira de color aquí para luego cosérsela al forro. Preséntalo con alfileres y te lo paso por la máquina en un momento.
Lo hago. Ella, presta y rápida como una bala, me cose la tira al cuerpo de la bolsa.
-Vale. Ahora cosemos los bolsillos al forro -los cose ella, yo no sé coser a máquina- y ahora le vas a poner aquí con alfileres... No, mejor punto cruzado... No, mejor puntada de lado... Ah, no, ya sé. Vamos a ponerle un trozo de jitanbón, que da más cuerpo y queda muy recto.
Me enseña a poner un trozo de papel sobre la tela, con pegamento a un lado. Le pasa la plancha por encima, quita el papel y pega otro trozo de tela por la parte de atrás del pegamento. Pienso que es un invento cojonudo para no tener que volver a subirme un bajo en la vida. Me fijo en el nombre del invento, me pregunto si se escribirá con g y de dónde vendrá un nombre tan curioso. Y entonces leo.
Heat and bond.
Vaya con el jitanbón.
Ella
Saco fotocopias mientras por otro lado repaso las rima y las canciones que no me sé y tengo que enseñarles esta semana. La fotocopiadora hecha humo, pero es lenta, muy lenta, y yo necesito setenta y cinco copias. Ella pasea por la sala de profesores, deja el abrigo, lo vuelve a coger, lo estira, pasea, se sienta, se levanta. Las fotocopias no acaban. Voy pensando en qué hacer hoy con los de cinco años, porque lo de las témperas que comentar el programa no me convence y la podemos montar parda. Colores. Colores y números. Piensa, Ruth, algún juego, hazlo divertido. Ya está, creo que ya lo tengo. Encuentra tres cosas azules, dibuja cuatro círculos rojos. Divertido, creo. Sí. Les va a encantar.
Ella se acerca al teléfono, marca, sale fuera pero se queda justo en la puerta porque el cable no da para más. Las fotocopias acaban. Corta y grapa, hay que hacer setenta y cinco libros. Joder, cómo vuela el tiempo, son casi las nueve. Y ella vocifera para toda la escuela un buenos días Antonia qué tal te va hace tiempo que no hablamos qué tal tu marido pues mira me he dicho les voy a llamar que hace mucho que no sé de ellos. Y yo corto y grapo, pero es lento, muy lento, y no me va a dar tiempo, y voy pensando en qué puedo hacer con los de cuatro años si no termino, y mientras ella no me digas que le han operado qué me cuentas no sabía verás cuando le diga a mi marido qué disgusto. Y corto, y grapo, y las nueve y diez, y yo no acabo. La tienda, vamos a jugar a la tienda. Ellos piden juguetes y practicamos contando billetes hasta cinco. Igual puedo introducir el seis, si tienen buen día. Pero la tienda, no falla, les encanta.
Ella entra en la sala de profesores, yo corto y grapo, corto y grapo. Cuelga, vuelve a descolgar. Ahora habla con su marido, no sabes majo al marido de Antonia le han operado y está en el hospital. Llega más gente. Miradas. Ceños fruncidos. Yo me callo. Cuelga el teléfono, vuelve a llamar. Ya no escucho. Hay más vida. Creo que me va a dar tiempo, pero he decidido que hoy no hacemos libro, me gusta lo de la tienda. Va por la cuarta llamada. Sonrisas entre los otros profesores. Cuelga.
Las nueve y veinte. Me da tiempo hasta a echar un pis y charlar un poco sobre el fin de semana. Ella se sienta en la mesa, se pone los cascos y escucha música, o la radio, o su propia voz. Alguien le pregunta algo. Ella no contesta a la primera, no oye. ¿Puedes hacerme las carpetas de los niños? Ay, no sé, hoy estoy muy mal, me duele mucho la espalda, si puedo te las haré, pero no sé, ya veremos... Y a las once, ¿puedes ir a vigilar mi clase un momento? Ay, no, no, que yo con niños no puedo estar, ya lo sabes, me ha dicho el médico que no me altere, que me sienta mal...
Y yo me pregunto qué hace una mujer así en la enseñanza, cómo se explica su sueldo y cómo cojones le dieron una hija en adopción.
